Cursi, llámeme cursi, y todo lo que quiera... pero esto me sacó una sonrisa y un par de lágrimas. ¿Y qué?
Sonría, es viernes :)
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jueves, 22 de enero de 2015
miércoles, 26 de noviembre de 2014
El monstruo del parque - Cuento
Al principio era un
juego, como todo lo que iniciaban ellos dos. Un juego de verdad,
aunque ellos lo habían inventado. Era un juego relativamente
sencillo pero bastante ingenioso. El que comenzaba el juego debía
estar como estatua por un minuto completo, UN MINUTO, antes de
comenzar a encontrar las pistas que el otro iba dejando por todo el
lugar, todo con el objetivo de saber el lugar exacto, por deducción
lógica y no simplemente porque se buscó al otro desde un inicio, en
donde el de las pistas se escondía. Las estatuas detectives, le
habían llamado al juego, y era realmente fabuloso.
Tal
vez ella le dio a entender que le gustaba, tal vez él mal interpretó
lo que ella le decía. Pero cuando terminaron el juego aquel día y decidieron
trepar al enorme árbol de amate al final del parque, él estaba
confundido, no sabía lo que le pasaba, era algo nuevo, algo que no
había sentido nunca en todos sus enormes nueve años de vida, pero
cuando ella lo tomó de la mano para terminar de andar el camino
hacia el árbol, él supo lo que era: él la amaba, la amaba de
verdad, no como los adultos, la amaba con sinceridad, sin furia, con
temor, sin exigencias, hasta la muerte, desde lo más profundo e
interno de lo que era capaz de imaginar.
- Te quiero – le dijo, seguro de estar cometiendo la mayor locura
del mundo, esperando que ella le soltara la mano y lo dejara ahí,
moribundo del amor más sincero que se ha conocido jamás.
- Yo también – le respondió ella, mientras le regalaba el momento
más eterno de cualquier finitud: su sonrisa sincera.
Y
como siempre, subieron al
árbol con toda la velocidad de la que eran capaces y no necesitaron
volver a decirse nada, porque se amaban tanto, que no tenían
necesidad de decírselo, lo
sabían, lo sentían y eso era más que suficiente.
En
fin, ya estando en la parte más alta de la copa se dedicaron, como
siempre, a ver los perros callejeros pasar, inventándoles nombres e
imaginando el tipo de vida que tendrían una vez desaparecieran de su
vista.
El viento se había dedicado a dibujar maravillosas figuras sobre la
cancha polvosa que estaba debajo de ellos, así que también se
dedicaron a darle nombres a los dibujos, nombres inventados,
inexistentes para la gran mayoría, pero de una veracidad que
cualquier niño podría atestiguar.
Pero
algo pasó, algo que los dejó quietos y callados por un momento,
detrás del enorme árbol de hule, al otro extremo de la cancha, un
enorme agujero se abrió, exactamente en la mitad
de la corteza. De repente,
una enorme nariz azul se asomó y los dos niños se quedaron quietos,
de piedra, mientras a la nariz le
seguía una enorme trompa llena de pelos y de la cual sobresalían
cuatro colmillos, dos superiores y dos inferiores y
luego, unas manos gigantescas que se asían a los bordes del agujero
en la corteza, para dar paso, ya en su totalidad, a un enorme
monstruo de grandes patas
y un descomunal estómago, que lo hacía verse mucho más amenazados,
cuanto que devorador de todo aquello se atravesara en su camino.
El
monstruo salió, vio a un lado y otro, y luego se recostó sobre el
almendro que estaba junto al árbol del cual había salido: parecía
sentirse cansado por alguna razón, pero también se miraba
adolorido, con cierto malestar que se exteriorizaba
con bastante claridad y
que tendría que haber sido la razón para el descuido de salir aún
con la pálida luz de la tarde de aquel noviembre.
El
silencio no debía romperse, ¿qué
pasaría si aquel animal, humano, cosa, lo que fuera, los descubría?
Él no quería ni
pensarlo.
Y
aquel enorme... lo que fuera, se levantó y trató de andar hacia el
otro lado de la cancha polvosa, cojeó con dificultad “le duele la
pata” pensaron los dos al mismo tiempo, y se miraron con la
complicidad de quien sabe deducir tan bien como para jugar Estatuas
detectives sin dificultad.
El monstruo logró llegar al amate de los niños y volvió a
recostarse, mientras se rascaba la cabeza. Sin embargo, al recostarse
sobre aquel árbol, lo movió de tal forma que él no pudo evitar
resbalarse. Claro, él era un buen escalador y no cayó, pero la rama
que resultó rota en su operación de autosalvamento no fue tan
benévola como para quedarse callada. Ella, preocupada por él, dejó
escapar un grito ahogado, pero que también fue lo suficientemente
audible como para que el panzón del monstruo se levantara asustado y
a la defensiva.
- ¿Quién? - fue lo que dijo, con una voz tan gutural y grave que
ella, que no estaba asida con firmeza a ninguna rama por querer
ayudarle a él, se soltó.
El tiempo se detuvo para él, viéndola caer, alzando sus manos hacia
él, intentando asirse, mientras abajo el monstruo los miraba,
extrañado, asustado,... preparado. Él, por supuesto,no podía
perdonarse. Después de confesarle que la quería, sintiendo con toda
el alma aquel amor que se caía en un abismo interminable, en una
caída que duraba su vida entera. ¿Y si él también saltaba?, ¿qué
importaba ya su propia vida si ella no iba a estar mañana para
volver a jugar, volver a correr de la mano, volver a ver el regalo
diario de su sonrisa?
Aquel pensamiento le duró un segundo, nada más. Era obvio, no era
más que un pensamiento fugaz, por el que se sintió culpable, ¿qué
otra cosa podía hacer? Así que, sin perder más que ese segundo,
saltó.
No supo muy bien lo que pasaba. Él la miraba a ella y lo que pasaba
allá abajo, que cada vez era menos abajo y más el aquí, no le
importaba, iba a estar con ella, como debía ser, como él sabía que
debía ser, pues no lo imaginaba de otra forma. Y finalmente después
de una eternidad perdido en los ojos de ella, el “aquí” llegó.
- ¿Quién? - volvió a preguntar el monstruo, mientras los sostenía
a los dos en cada una de sus manos.
Y se dieron cuenta de que no estaban muertos, no estaban siendo
devorados y que estaban siendo sostenidos por unas manos grandes pero
suaves y calientitas.
La primera en reaccionar a la pregunta fue ella:
- Carolina – dijo con temor, mientras se tocaba el pecho
señalándose a sí misma.
- Enrique – dijo él, imitándola.
- Carolina... Enrique – atronó el enorme monstruo – luego dijo –
Roberto y, ante la mirada atónita de los dos niños, él sonrió.
En un mundo de adultos, la perplejidad hubiese sido la reacción más
normal, o bien el pánico descontrolado. Pero ocho y nueve años es
una edad de madurez y comprensión absoluta, por lo que los dos
sonrieron con total naturalidad, mientras eran depositados en el
suelo por Roberto, el monstruo panzón, peludo y sonriente.
Como todo un propietario real del parque, Roberto se portó por demás
cortés y les ofreció cerezos de Belice, fruto ácido pero de buen
sabor, que los niños siempre habían gustado y que, por supuesto,
siendo ellos muy educados también, aceptaron con gratitud.
Sin embargo, Roberto cambió la sonrisa por una mueca de dolor en un
instante y los niños se dieron cuenta.
Ella fue la primera en preguntar:
- ¿Duele?
Y él les mostró su pata inferior, a la que era claro que no podía
llegar y que tenía, ah las coincidencias literarias, una enorme
astilla clavada
Así que Enrique, se acercó a Carolina y le dijo en un susurro “Como
en la astilla del león” y a ambos se les iluminó la sonrisa, con
una complicidad por demás conocida entre ellos dos.
- Fuerte – dijo Carolina, mientras asía el tronco del árbol de
cerezo de Belice, invitando a Roberto a hacer lo mismo.
Enrique fue el que se acercó a la patota de Roberto y le hizo de
señas, advirtiéndole que iba a tirar de la astilla, así que
Roberto, sin mayor dilación, se aferró del tronco del cerezo,
mientras cerraba los ojos, preparándose para el dolor que, sin duda,
venía. Claro, la cosa no fue nada sencilla, pues lo que para Roberto
era una astilla, para el pobre de Enrique era una rama de
considerable tamaño, de la que tuvo que tirar, haciendo acopio de
todas las fuerzas que sus nueve años le permitían. Roberto, pobre,
se mordía el labio inferior intentando resistir el dolor.
Finalmente, la astilla-rama salió de la pata de Roberto, no sin una
cantidad considerable de sangre morada.
La expresión de Roberto cambió casi de forma inmediata, de un
agudísimo dolor, a una sonrisa de alivio, que acompañó de un
gruñido que puso a ladrar a todos los perros del lugar.
Los niños se fueron, pues la cena seguramente se enfriaría en las
mesas de cada uno si no llegaban a tiempo, pero Roberto los abrazó
con mucha calidez y expresó un “Gracias” que sonó a un rayo
estrellándose contra el piso de aquella cancha.
Los vecinos del lugar no se dieron cuenta, o aparentaron no darse
cuenta de la existencia de Roberto, pues podría poner en entredicho
su madurez adulta, así que nadie dijo nada cuando al día siguiente,
el cerezo de Belice apareció con unas marcas de unas enormes manos
que lo habían apretado con fuerza y los niños, claro, siguieron
llegando, siguieron queriéndose con la mayor sinceridad, ella le
siguió regalando su sonrisa, como siempre, pero los juegos de las
Estatuas Detectivas, eran aún más fáciles, con Roberto, siendo que
era incapaz de esconder aquel enorme cuerpo en ningún lugar de aquel
maravilloso parque.
FIN
miércoles, 29 de octubre de 2014
Mi Mondrian y tu Picasso - Cuento
Adolfo Aliosha, ese
es mi nombre. El que me puso mi padre, un admirador confeso del libro
Mein Kampf y de Los Hermanos Karamazov, autor y personaje que
componen mi maravilloso nombre. Esto no es una cuestión baladí, por
supuesto que no. Esto es algo que me ha definido a lo largo de mi
vida. Empecemos por el nombre de Adolfo, que hoy en día y desde mis
tiempos, casi nadie lleva encima. Pero ese es el de menos, que tal el
de ¡Aliosha! En la novela de Dostoievski era un diminutivo, pero el
mío no es el caso, no señor, me llamo ALIOSHA.
¿Que si la he visto
difícil? Imagínelo usted con todo el poder de su imaginación y le
aseguro que se habrá de quedar corto. Sin embargo y en favor de mi
padre... y de mi madre que fue la que no puso reparos al asunto, esas
batallas infantiles me resultan hoy, claro, con el tamiz de los años,
una verdadera delicia, sobre todo en estos tiempos en que las cosas
van rápido y nadie tiene tiempo para fijarse en mis nombres, en la
segunda guerra mundial, en un par de hermanos con un mal padre o en
cualquier otro vestigio de conocimiento general que pueda asomarse.
Por lo demás, fue
la mía una infancia feliz, llena, honor a quien honor merece, de
muchas artes y buena literatura, al menos de la que se puede
conseguir por estos rumbos, que tampoco es que La Princesa de
Cléveris se encuentre en cada esquina... que hasta librerías es
difícil encontrar.
Mi adolescencia,
como la gran mayoría, se vio marcada por la rebeldía y por el
desencuentro con aquellos que decidieron que viniese al mundo, pero
fue pasando poco a poco y la reconciliación llegó de la mano con mi
edad adulta, no sin antes haber pasado por una serie de tareas que
iban desde Saint Exupéry hasta Don Lito de El Salvador, las
ecuaciones de segundo grado con una incógnita; mis primeros
encuentros con el baloncesto que a estas alturas, con todo y la vejez
de las articulaciones, sigue siendo mi deporte favorito. Claro, mis
primeras aventuras con el onírico sentimiento del amor adolescente,
con sus característicos y beckerianos ex abruptos. Mi primer
encuentro con Sabina y mi primer amor literario con Antonio Muñoz
Molina y su Jinete Polaco.
Mi entrada en la
adultez, forzada como la gran mayoría de los adultos incipientes en
el país, fue a través de un trabajo que representó mis primeros
ingresos, mis primeros encuentros con la tensión laboral y mi
primera decepción, al no poder seguir los pasos del personaje de J.
M. Barry. Mi desencanto con la tan ansiada adultez, que ha llegado
hasta estos días, se fue cubriendo poco a poco con un aire de
responsabilidad, tanto que llegué a creer que el hombre de negocios
de la región de los asteroides 325, 326, 327, 328, 329 y 330, no
estaba precisamente en un error.
Conocí a Dalí un
poco tarde, pues aún no me alcanza la vida para admirarlo. Pero, no
crea que voy siguiendo los pasos de Malintzin, que la Familia de
Papel me resulta de los cuadros mejor elaborados y más
enternecedores que he visto. Me gustó la plástica tanto como la
música y admiré con locura cada trabajo de Buonarotti, como amé la
música de Zeppelin, como me admiré con cada Goya y sus desvaríos,
como me emocionaron las notas de Haggard.
Había tenido, como
sea, muchos años de bonanza económica y gozaba de placeres
hedonistas de muchas clases.
Toda la parafernalia
contada hasta hoy no es simplemente ese deseo de presumir. No. No soy
tan banal ni tan presumido. Fue cuando cumplí los 38 que la conocí.
Ella apenas tenía 23 y era una niña maravillosa que saltaba por
todos lados y sonreía con despreocupación, obsequiando felicidad a
cada paso. No exagero, ella era así, vital, imposible, onírica. ¿Su
nombre?, su nombre no importa, no realmente, como no importan los
pormenores insignificantes como su altura o la cantidad de dinero que
pudo o no haber tenido.
No nos presentaron
nunca, ella se acercó a mí y me dijo “hola, ¿te gusta Mafalda?”
Claro, no acostumbrado a presentaciones tan poco ortodoxas, no acerté
más que a sonreír. “¿Qué?”, me dijo “¿no te gusta?” Le
estiré la mano y le dije “Al que no le guste Quino, no sabe nada
de la vida” Ella no hizo nada más que sonreír, pero no hizo falta
nada más. Aquella luz que me envolvió de repente era casi como el
amor contemplativo desde la ciudad de plata. Yo era Uriel y ella la
luz eterna. Hablamos de todos los libros de Mafalda publicado, de
otros tantos libros de Quino, de Fontanarrosa, de Crumb... muy pronto
nos dimos cuenta que el mundo se había desvanecido a la luz de las
tiras cómicas y que, en aquella fiesta a la que había ido como un
compromiso social, se había convertido en la velada más deliciosa
que había tenido en mi vida. Nos fuimos de la fiesta como a eso de
la una de la madrugada y acabamos en una estación de gas, hablando,
riendo y yo, sin duda alguna, enamorándome como un imbécil, como
nunca, jamás, creí que iba a hacerlo.
Quedamos... a ver,
en realidad le supliqué, que nos viésemos más tarde ese mismo día.
No podía quedarme con aquel deseo apremiante de seguir y seguir y
seguir. Sorprendido, escuché que me decía que sí, que estaría
encantada y que nos veríamos en una cafetería, pero por la tarde,
que con todo el cansancio que tenía, seguro iba a dormir hasta el
medio día.
Los días se iban
corriendo cuando estaba con ella. Entrábamos en una dimensión
propia, en donde el tiempo parecía, al mismo tiempo, estar detenido
y viajar mucho más rápido que cualquier otra cosa. Conocí de su su
afortunada cinefilia, su megalomanía y su gusto por el arte
abstracto y surrealista (menuda combinación) Era alérgica a las
iglesias y detestaba el tener que estar atada a un horario y a un
lugar para aparentar ser una persona respetable que se puede ganar la
vida de la manera más decente. Era cautelosa con las cuestiones
sentimentales, porque no creía que el amor absoluto o la entrega
incondicional fuesen una buena idea, sobre todo en un tiempo en que
lo shakespeariano era ridículo, pero lo bergerackiano era falso.
Yo contaba las horas
para salir de la compañía y poder verla, buscaba cualquier excusa
para salir más temprano o para escaparme y verla una hora o incluso
treinta minutos en mis horas laborales (frase que, por cierto, le
causaba una cierta risa forzada pero altisonante)
Un buen día, la
sorprendí con un regalo: había pedido a través de Internet la
colección completa de Ths Sandman de Neil Gaiman y se la llevé a
nuestra ya obligatoria cita de todos los días, cuando lo abrió
gritó tan alegremente que me llenó de su felicidad, pero además se
tiro a mis brazos y me besó. Un beso largo, aunque espontáneo, un
beso del que se separó después de algunos segundos deliciosos y que
quise prolongar tanto como la eternidad me lo permitiese. “Perdón...”
dijo casi avergonzada, como nunca la había visto, pero luego se
recompuso, me volvió a poner su mejor cara de la Wendy barryana y me
dijo “gracias” con aquella sonrisa que me derretía las retinas.
“Gracias a vos” le dije con una sonrisa involuntaria.
Comenzamos una
relación implícita ese día. Jamás me declaré, lo que hizo que
aquello se me convirtiera en una adicción todavía más cruel, más
necesaria, más... como el polvo de los sueños de Oneiros. La besaba
cada vez más y ella correspondía y luego continuábamos nuestras
pláticas, lo cual me volvía cada día más, un esclavo de su
humedad y de sus palabras.
Pero ella no parecía
darse cuenta de mi debilidad, de mi cada vez más traumático vuelco
de razón hacia ella. Ella simplemente me besaba, conversaba y seguía
como si nada. Yo, claro está, quería más: quería vida, quería
alma, quería tiempo y locura, todo en un solo paquete un solo
hatillo de segura sin razón, envuelto en un papel de celofán con mi
nombre en él... y ella no me lo entregaba, no me retornaba la
locura, no me daba la necesidad de mí que yo necesitaba.
Los besos, las
caricias, sus labios abiertos me perseguían, mucho más que si
alguna vez nos hubiésemos acostado. Era doloroso y yo quería más
de ella. Una señal, un pequeño guiño del compromiso de estar locos
los dos, complementados, juntos y muy revueltos.
Finalmente, un buen
día, después de querer sacarle con insinuaciones un poquito de
confesión, le pregunté sin más miramientos “¿estás jugando
conmigo?”, a lo que ella me contestó con un sonriente “claro,
¿por qué?”
Aquella respuesta,
totalmente inesperada, me dejó sorprendido por un par segundos, ante
la mirada inquisidora de ella. “¿pero... por qué?” Y me sentí
un estúpido por haber preguntado de una manera tan burda. “Porque
necesito jugar y divertirme, de lo contrario me moriría. ¿O es que
vos querés que lo nuestro sea serio?” No supe muy bien qué
responder o qué pensar y no pude hacer más que quedarme callado.
“Sos demasiado Mondrian y yo soy demasiado Picasso” me espetó
con cierta mueca de hastío y se fue.
Al día siguiente no
nos vimos, ni tampoco al siguiente, ni al siguiente. Los días se
iban como si el maldito Cronos se regodeara en mi desesperación e
hiciera más lento su elemento. Pasaron nueve días antes de que ella
me llamara y me dijera que nos viésemos. Para ese momento mi vida
era ya un caos y el trabajo se me antojaba ya de una banalidad
excesiva. Yo la quería a ella, a sus labios, a sus verbos
inventados, a sus libros preferidos... a ella, a ella.
Nos vimos en una
cafetería, como siempre y logramos entablar una conversación
interesante, pero ella se sentó frente a mí y no a mi lado como
hacíamos siempre, así que intuí que los besos, esa ambrosía tan
necesaria para mi inmortalidad de memoria, estaba fuera de discusión.
Sin embargo, verla, escucharla, conversar... eso era ya mi bálsamo
de Fierabrás.
Pero ella evitaba mi
mirada, ella quería decir algo que no se animaba a decir.
Finalmente, cuando el sol comenzaba a palidecer, pareció tomar el
valor que la luz que había quitado y me dijo sin más: “hubiera
pasado mucho tiempo a tu lado... tal vez un par de vidas...”
Aquella pausa, aquel pero dejado en el aire, implícito, invisible
pero taladrante me hizo saber que la continuación de la frase no le
correspondía a ella, sino a mí. “Pero no estás para crecer y
hacerte adulta conmigo” Las lágrimas rodaron por sus mejillas y
bajó la mirada. “Mi Mondrian y tu Picasso...” dije con un
susurro “...se divirtieron por un tiempo, pero los caminos, como
los de las pinturas, se tornaron muy distintos” Ella lloraba en
silencio, mirando siempre la mesa “Las líneas están ahí” me
dijo ella “pero no hay que pedirlas, a veces no hay siquiera que
pintarlas” Y se levantó con brusquedad. Yo no dije nada, la vi
partir sin volver la mirada y mis lágrimas se negaron a despedirla.
Los años han
pasado, no la he visto más. Yo me casé, logré la estabilidad, la
solidez y la armonía de mi tan anhelado Mondrian... pero todos los
días, por unos minutos, me veo al espejo y gozo un poco recordando
cada línea de Las señoritas de Avignon.
FIN
sábado, 18 de octubre de 2014
Volver. Cuento
Estaba solo, como
había estado desde que ella se había marchado. Pero la suya era una
soledad volcánica: ardiente, sofocante, claustrofóbica y
angustiante hasta la locura.
Ella no estaba, ella
no estaba, ella no, ella, no.
Sabía que estaba
haciendo algo, un fósforo en la mano, una ollita, un lejano olor a
café, el calor del fuego. Las viejas rutinas, vistas solamente a
través del cristal roto del abandono. Él era el culpable, lo sabía
y no tenía reparos en aceptarse como tal, repeticiones burdas,
llenas de lugares comunes “me lo merezco”, “fui un idiota”,
“solo así se aprende”, “o grandes felicidades o grandes
lecciones”... espejos rotos en los que resulta cruel mirarse. Las
palabras se le antojaban resbalosas, escurridizas, falsas. El mejor
amigo del hombre, el silencio.
Encontrarse con ella
en los rincones inexplorados. La esquina de la cocina a la que nunca
llegó la escoba por estar entre el refrigerador y el mueble que
servía de tabla para cortar la carne; el olor de las hojas de
albahaca recién cortada, el color del techo con las goteras que
jamás reparó.
Eso de mirar al
techo le pareció excesivo y muy cliché, así que decidió vencer la
depresión en nombre del decoro y salió a la calle intentando
recordar la sensación del sol en la cara. Ardillas jugueteando en
los alambres de electricidad, un par de pájaros en pleno cortejo,
automóviles entrando y saliendo de casas repetidas con problemas
iguales, similares o totalmente distintos, pero vividos de forma
diferente, aunque paradójicamente, igual de brutal.
Los cienpiés se
habían apoderado de gran parte de un tronco y ver cómo algunos se
encimaban a otros lo asqueó, pero siguió viendo, casi hipnotizado.
Ruidos mecánicos
resonando, rodeándolo. Una motocicleta, una motosierra, dos
automóviles, una mujer en la cochera corriendo en un aparato
monstruoso. Cuanta fealdad, cuanta banalidad, cuanta vacuidad
pretéritamente inadvertida.
El arrastrar de sus
propios zapatos lo sorprendió. ¿Había arrastrado los pies desde un
inicio, había comenzado recién a arrastrarlos o los había
arrastrado desde siempre? El despertar.
Ver a los niños
jugando en la calle le trajo memorias perdidas de las veces en las
que él mismo se dedicaba tardes enteras a perseguir una pelota o a
destrozar pantalones por caerse tanto de la bicicleta. Tantos
recuerdos herrumbrosos, tanto pasado precioso gracias al tamiz del
tiempo. Pájaros de oropel trepando por su espalda, diciéndole una y
otra vez que todo es una mentira y que no hay nada más lógico que
creerlo.
Y de cuando en
cuando, sus ojos. No aquellos ojos cafés llenos de poesía, no
aquellos ojos llenos de deseo que lo desvestían sin tocarlo durante
tanto tiempo. No. Ojos acusadores, llenos de reclamo, de decepción,
¡ay!, decepción. No cabía duda alguna, aquellos ojos lo estaban
devorando desde adentro, desde el mismo centro de su memoria y no
había más que rendirse, aceptar aquella derrota estúpida y
salobre, mientras la calle seguía y seguía, larga, gris inacabable.
Ni modo, la vida sigue y el suicidio era una alternativa demasiado
común, tan sencilla que se negaba a aceptarla, un axioma de
imbecilidad y vodeviles repetidos.
Techos altos,
enredaderas tragándose las paredes felizmente y él contemplando el
cielo nublado, sabiendo que la tormenta se acercaba, incapaz de
comprender que aquello implicaba mojarse, empaparse hasta los huesos
y un seguro resfriado lleno de incomodidades.
Miraba cada detalle,
pero no se detenía en la observación de nada. Todo eran anuncios
publicitarios de una vida que ya no lo era. Nada valía la pena como
para prestarle atención.
Y entonces la vio,
ahí, sin la cara de angustia con que la había imaginado. Sola pero
decidida, subiendo a un autobús. Dueña de su tiempo, de su vida, de
su entorno y de su pasado. El pasado de él. No había lágrimas, no
había caras tristes, solo había determinación, una determinación
de que él nunca había sido capaz y de la que ella siempre fue
propietaria absoluta y vitalicia. No lo vio, menos mal. Salvarse de
la vergüenza de explicar una facha que, si ella la hubiese tenido,
hubiese sido un acto de complicidad. Pero no la tenía.
Y fue en ese momento
cuando se dio cuenta de lo que aquel cielo gris significaba y se
planteó la pregunta “¿Debería volver?” Un trueno lejano le
hizo caer más en la vomitiva realidad en la que estaba y se volvió
a preguntar, ahora con más decisión “¿Debería volver?” Una
gota, en su párpado izquierdo, pequeña, helada, solitaria, aunque
no por mucho. A lo lejos, el sonido inconfundible de la tormenta que
venía sin miramientos, cruel, inhumana. Así fue como llegó a su
decisión definitiva, sin miramientos, cruel... humana. La pregunta
regresó, pero no se la hizo, estaba ahí, pendiente de los hilos de
su voluntad sin animarse al asomo. “Volver”, se dijo, “¿para
qué?” y siguió bajo la tormenta, sin lágrimas, sin dolores, sin
un alma en venta.
FIN
martes, 25 de febrero de 2014
Frases trilladas o una declaración de amor frente a muchas personas
Muy con mis reservas, mi esposa me ha pedido que publique esto aquí... Les explico: hace algunos días, se llevó a cabo un concurso de "Día de los enamorados" en el que participé con mi carta de amor, explicando cómo mi esposa y yo nos conocimos.
Me tocó leerla (ya que gané), frente a ella, pero además, frente a un montón de compañeros de trabajo, que confieso, me llenaron la cara de sangre, es decir, me sonrojaron a más no poder.
En todo caso, les pongo aquí la susodicha carta:
Me tocó leerla (ya que gané), frente a ella, pero además, frente a un montón de compañeros de trabajo, que confieso, me llenaron la cara de sangre, es decir, me sonrojaron a más no poder.
En todo caso, les pongo aquí la susodicha carta:
“La radio puede cambiar vidas”…
esas siempre fueron palabras que me resultaban vacías, porque una
radio no es más que un aparato en donde se escuchan a personas a
quienes se les paga por brindar entrenamiento…
1997 fue un año lleno de
contradicciones, sobre todo si se toma en cuenta que yo llevaba ya 4
años viviendo solo y que había pasado por toda una serie de
trabajos pesados y mal pagados, en los que me desgastaba cada vez más
y me alcanzaba cada vez menos.
Milagrosamente, mi padre, siempre el
gran ayudador, me convenció de entrevistarme con el director de
programación de una radio comunitaria, que luego de cruzar unas
cuantas palabras, me dijo: “comenzás el lunes”
Logré hacerme pronto de grandes
amigos y aprender los detalles que convierten el oficio en una de las
carreras más divertidas del mundo y puedo decir que es uno de los
trabajos que más he disfrutado en mi vida… pero no solo eso.
Estando en turno, mientras
programaba alguna de esas canciones gruperas de moda (de aquel
tiempo, claro está), vi que se comenzaban a reunir fuera de la
cabina de la radio algunos de mis amigos, uno de ellos, el más
gordito, me impedía la visión de la persona que se encontraba
detrás de él, lo cual tampoco me quitaba el sueño, pero me daba
curiosidad. Sin embargo, en un determinado momento, se movió y dejó
a la vista a alguien. Jamás, en mi vida, había yo visto a una mujer
de tanta belleza, pero había algo más, algo que, hasta este
momento, no logro definir con exactitud.
Creo que todos notaron la cara de
idiota que debí tener en ese momento, pues llevaron a dicha mujer a
la cabina para presentármela: era una nueva integrante de la radio,
cuyo nombre no se me olvidaría de ese momento y hasta que el último
aliento de vida abandone mi cuerpo: EVA.
“Fue amor a primera vista”, es
otra de esas frases que siempre me sonaron tontas… hasta ese día.
Desde que vi a Eva, yo sabía que era la persona con la que quería
pasar el resto de mis días y más, si es que eso es posible.
Graciosamente, sigo pensando que ella merece a alguien mejor, pero
agradezco que no lo encuentre. Eva ha sido, es y será el alma gemela
que no todos tienen la suerte de encontrar. YO SÍ TUVE ESA SUERTE.
Y es gracioso como la vida cambia la
perspectiva de las cosas, antes, las frases “la radio puede cambiar
vidas” y “fue amor a primera vista” me resultaban tontas,
clichés que no deberían existir. Ahora puedo asegurar que una radio
cambió mi vida y la convirtió en la vida más feliz del universo y
que el amor a primera vista existe, sobre todo, si uno tiene la dicha
de ver a personas como Eva, que por cierto, ha compartido mis días y
mis noches, mis tristezas y mis alegrías, mis buenos y mis malos
ratos, desde hace ya 18 años.
“Nadie sabe lo que tiene hasta que
lo pierde”, es una frase que, con seguridad, no aplica en mi caso.
Sé lo que tengo, sé el tesoro incalculable, irremplazable y hermoso
que tengo en mi vida y no pienso esperar a perderla para saber
apreciarlo, sobre todo, porque NO PIENSO PERDERLA.
FIN
jueves, 19 de abril de 2012
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