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jueves, 22 de enero de 2015

Viernes de vídeo

Cursi, llámeme cursi, y todo lo que quiera... pero esto me sacó una sonrisa y un par de lágrimas. ¿Y qué?



Sonría, es viernes :)

miércoles, 26 de noviembre de 2014

El monstruo del parque - Cuento


Al principio era un juego, como todo lo que iniciaban ellos dos. Un juego de verdad, aunque ellos lo habían inventado. Era un juego relativamente sencillo pero bastante ingenioso. El que comenzaba el juego debía estar como estatua por un minuto completo, UN MINUTO, antes de comenzar a encontrar las pistas que el otro iba dejando por todo el lugar, todo con el objetivo de saber el lugar exacto, por deducción lógica y no simplemente porque se buscó al otro desde un inicio, en donde el de las pistas se escondía. Las estatuas detectives, le habían llamado al juego, y era realmente fabuloso.

Tal vez ella le dio a entender que le gustaba, tal vez él mal interpretó lo que ella le decía. Pero cuando terminaron el juego aquel día y decidieron trepar al enorme árbol de amate al final del parque, él estaba confundido, no sabía lo que le pasaba, era algo nuevo, algo que no había sentido nunca en todos sus enormes nueve años de vida, pero cuando ella lo tomó de la mano para terminar de andar el camino hacia el árbol, él supo lo que era: él la amaba, la amaba de verdad, no como los adultos, la amaba con sinceridad, sin furia, con temor, sin exigencias, hasta la muerte, desde lo más profundo e interno de lo que era capaz de imaginar.

- Te quiero – le dijo, seguro de estar cometiendo la mayor locura del mundo, esperando que ella le soltara la mano y lo dejara ahí, moribundo del amor más sincero que se ha conocido jamás.
- Yo también – le respondió ella, mientras le regalaba el momento más eterno de cualquier finitud: su sonrisa sincera.

Y como siempre, subieron al árbol con toda la velocidad de la que eran capaces y no necesitaron volver a decirse nada, porque se amaban tanto, que no tenían necesidad de decírselo, lo sabían, lo sentían y eso era más que suficiente.

En fin, ya estando en la parte más alta de la copa se dedicaron, como siempre, a ver los perros callejeros pasar, inventándoles nombres e imaginando el tipo de vida que tendrían una vez desaparecieran de su vista.

El viento se había dedicado a dibujar maravillosas figuras sobre la cancha polvosa que estaba debajo de ellos, así que también se dedicaron a darle nombres a los dibujos, nombres inventados, inexistentes para la gran mayoría, pero de una veracidad que cualquier niño podría atestiguar.

Pero algo pasó, algo que los dejó quietos y callados por un momento, detrás del enorme árbol de hule, al otro extremo de la cancha, un enorme agujero se abrió, exactamente en la mitad de la corteza. De repente, una enorme nariz azul se asomó y los dos niños se quedaron quietos, de piedra, mientras a la nariz le seguía una enorme trompa llena de pelos y de la cual sobresalían cuatro colmillos, dos superiores y dos inferiores y luego, unas manos gigantescas que se asían a los bordes del agujero en la corteza, para dar paso, ya en su totalidad, a un enorme monstruo de grandes patas y un descomunal estómago, que lo hacía verse mucho más amenazados, cuanto que devorador de todo aquello se atravesara en su camino.

El monstruo salió, vio a un lado y otro, y luego se recostó sobre el almendro que estaba junto al árbol del cual había salido: parecía sentirse cansado por alguna razón, pero también se miraba adolorido, con cierto malestar que se exteriorizaba con bastante claridad y que tendría que haber sido la razón para el descuido de salir aún con la pálida luz de la tarde de aquel noviembre.

El silencio no debía romperse, ¿qué pasaría si aquel animal, humano, cosa, lo que fuera, los descubría? Él no quería ni pensarlo.

Y aquel enorme... lo que fuera, se levantó y trató de andar hacia el otro lado de la cancha polvosa, cojeó con dificultad “le duele la pata” pensaron los dos al mismo tiempo, y se miraron con la complicidad de quien sabe deducir tan bien como para jugar Estatuas detectives sin dificultad.

El monstruo logró llegar al amate de los niños y volvió a recostarse, mientras se rascaba la cabeza. Sin embargo, al recostarse sobre aquel árbol, lo movió de tal forma que él no pudo evitar resbalarse. Claro, él era un buen escalador y no cayó, pero la rama que resultó rota en su operación de autosalvamento no fue tan benévola como para quedarse callada. Ella, preocupada por él, dejó escapar un grito ahogado, pero que también fue lo suficientemente audible como para que el panzón del monstruo se levantara asustado y a la defensiva.

- ¿Quién? - fue lo que dijo, con una voz tan gutural y grave que ella, que no estaba asida con firmeza a ninguna rama por querer ayudarle a él, se soltó.

El tiempo se detuvo para él, viéndola caer, alzando sus manos hacia él, intentando asirse, mientras abajo el monstruo los miraba, extrañado, asustado,... preparado. Él, por supuesto,no podía perdonarse. Después de confesarle que la quería, sintiendo con toda el alma aquel amor que se caía en un abismo interminable, en una caída que duraba su vida entera. ¿Y si él también saltaba?, ¿qué importaba ya su propia vida si ella no iba a estar mañana para volver a jugar, volver a correr de la mano, volver a ver el regalo diario de su sonrisa?

Aquel pensamiento le duró un segundo, nada más. Era obvio, no era más que un pensamiento fugaz, por el que se sintió culpable, ¿qué otra cosa podía hacer? Así que, sin perder más que ese segundo, saltó.

No supo muy bien lo que pasaba. Él la miraba a ella y lo que pasaba allá abajo, que cada vez era menos abajo y más el aquí, no le importaba, iba a estar con ella, como debía ser, como él sabía que debía ser, pues no lo imaginaba de otra forma. Y finalmente después de una eternidad perdido en los ojos de ella, el “aquí” llegó.

- ¿Quién? - volvió a preguntar el monstruo, mientras los sostenía a los dos en cada una de sus manos.

Y se dieron cuenta de que no estaban muertos, no estaban siendo devorados y que estaban siendo sostenidos por unas manos grandes pero suaves y calientitas.

La primera en reaccionar a la pregunta fue ella:

- Carolina – dijo con temor, mientras se tocaba el pecho señalándose a sí misma.
- Enrique – dijo él, imitándola.

- Carolina... Enrique – atronó el enorme monstruo – luego dijo – Roberto y, ante la mirada atónita de los dos niños, él sonrió.

En un mundo de adultos, la perplejidad hubiese sido la reacción más normal, o bien el pánico descontrolado. Pero ocho y nueve años es una edad de madurez y comprensión absoluta, por lo que los dos sonrieron con total naturalidad, mientras eran depositados en el suelo por Roberto, el monstruo panzón, peludo y sonriente.

Como todo un propietario real del parque, Roberto se portó por demás cortés y les ofreció cerezos de Belice, fruto ácido pero de buen sabor, que los niños siempre habían gustado y que, por supuesto, siendo ellos muy educados también, aceptaron con gratitud.

Sin embargo, Roberto cambió la sonrisa por una mueca de dolor en un instante y los niños se dieron cuenta.

Ella fue la primera en preguntar:

- ¿Duele?

Y él les mostró su pata inferior, a la que era claro que no podía llegar y que tenía, ah las coincidencias literarias, una enorme astilla clavada

Así que Enrique, se acercó a Carolina y le dijo en un susurro “Como en la astilla del león” y a ambos se les iluminó la sonrisa, con una complicidad por demás conocida entre ellos dos.

- Fuerte – dijo Carolina, mientras asía el tronco del árbol de cerezo de Belice, invitando a Roberto a hacer lo mismo.

Enrique fue el que se acercó a la patota de Roberto y le hizo de señas, advirtiéndole que iba a tirar de la astilla, así que Roberto, sin mayor dilación, se aferró del tronco del cerezo, mientras cerraba los ojos, preparándose para el dolor que, sin duda, venía. Claro, la cosa no fue nada sencilla, pues lo que para Roberto era una astilla, para el pobre de Enrique era una rama de considerable tamaño, de la que tuvo que tirar, haciendo acopio de todas las fuerzas que sus nueve años le permitían. Roberto, pobre, se mordía el labio inferior intentando resistir el dolor. Finalmente, la astilla-rama salió de la pata de Roberto, no sin una cantidad considerable de sangre morada.

La expresión de Roberto cambió casi de forma inmediata, de un agudísimo dolor, a una sonrisa de alivio, que acompañó de un gruñido que puso a ladrar a todos los perros del lugar.

Los niños se fueron, pues la cena seguramente se enfriaría en las mesas de cada uno si no llegaban a tiempo, pero Roberto los abrazó con mucha calidez y expresó un “Gracias” que sonó a un rayo estrellándose contra el piso de aquella cancha.

Los vecinos del lugar no se dieron cuenta, o aparentaron no darse cuenta de la existencia de Roberto, pues podría poner en entredicho su madurez adulta, así que nadie dijo nada cuando al día siguiente, el cerezo de Belice apareció con unas marcas de unas enormes manos que lo habían apretado con fuerza y los niños, claro, siguieron llegando, siguieron queriéndose con la mayor sinceridad, ella le siguió regalando su sonrisa, como siempre, pero los juegos de las Estatuas Detectivas, eran aún más fáciles, con Roberto, siendo que era incapaz de esconder aquel enorme cuerpo en ningún lugar de aquel maravilloso parque.

FIN

miércoles, 29 de octubre de 2014

Mi Mondrian y tu Picasso - Cuento


Adolfo Aliosha, ese es mi nombre. El que me puso mi padre, un admirador confeso del libro Mein Kampf y de Los Hermanos Karamazov, autor y personaje que componen mi maravilloso nombre. Esto no es una cuestión baladí, por supuesto que no. Esto es algo que me ha definido a lo largo de mi vida. Empecemos por el nombre de Adolfo, que hoy en día y desde mis tiempos, casi nadie lleva encima. Pero ese es el de menos, que tal el de ¡Aliosha! En la novela de Dostoievski era un diminutivo, pero el mío no es el caso, no señor, me llamo ALIOSHA.

¿Que si la he visto difícil? Imagínelo usted con todo el poder de su imaginación y le aseguro que se habrá de quedar corto. Sin embargo y en favor de mi padre... y de mi madre que fue la que no puso reparos al asunto, esas batallas infantiles me resultan hoy, claro, con el tamiz de los años, una verdadera delicia, sobre todo en estos tiempos en que las cosas van rápido y nadie tiene tiempo para fijarse en mis nombres, en la segunda guerra mundial, en un par de hermanos con un mal padre o en cualquier otro vestigio de conocimiento general que pueda asomarse.

Por lo demás, fue la mía una infancia feliz, llena, honor a quien honor merece, de muchas artes y buena literatura, al menos de la que se puede conseguir por estos rumbos, que tampoco es que La Princesa de Cléveris se encuentre en cada esquina... que hasta librerías es difícil encontrar.

Mi adolescencia, como la gran mayoría, se vio marcada por la rebeldía y por el desencuentro con aquellos que decidieron que viniese al mundo, pero fue pasando poco a poco y la reconciliación llegó de la mano con mi edad adulta, no sin antes haber pasado por una serie de tareas que iban desde Saint Exupéry hasta Don Lito de El Salvador, las ecuaciones de segundo grado con una incógnita; mis primeros encuentros con el baloncesto que a estas alturas, con todo y la vejez de las articulaciones, sigue siendo mi deporte favorito. Claro, mis primeras aventuras con el onírico sentimiento del amor adolescente, con sus característicos y beckerianos ex abruptos. Mi primer encuentro con Sabina y mi primer amor literario con Antonio Muñoz Molina y su Jinete Polaco.

Mi entrada en la adultez, forzada como la gran mayoría de los adultos incipientes en el país, fue a través de un trabajo que representó mis primeros ingresos, mis primeros encuentros con la tensión laboral y mi primera decepción, al no poder seguir los pasos del personaje de J. M. Barry. Mi desencanto con la tan ansiada adultez, que ha llegado hasta estos días, se fue cubriendo poco a poco con un aire de responsabilidad, tanto que llegué a creer que el hombre de negocios de la región de los asteroides 325, 326, 327, 328, 329 y 330, no estaba precisamente en un error.

Conocí a Dalí un poco tarde, pues aún no me alcanza la vida para admirarlo. Pero, no crea que voy siguiendo los pasos de Malintzin, que la Familia de Papel me resulta de los cuadros mejor elaborados y más enternecedores que he visto. Me gustó la plástica tanto como la música y admiré con locura cada trabajo de Buonarotti, como amé la música de Zeppelin, como me admiré con cada Goya y sus desvaríos, como me emocionaron las notas de Haggard.

Había tenido, como sea, muchos años de bonanza económica y gozaba de placeres hedonistas de muchas clases.

Toda la parafernalia contada hasta hoy no es simplemente ese deseo de presumir. No. No soy tan banal ni tan presumido. Fue cuando cumplí los 38 que la conocí. Ella apenas tenía 23 y era una niña maravillosa que saltaba por todos lados y sonreía con despreocupación, obsequiando felicidad a cada paso. No exagero, ella era así, vital, imposible, onírica. ¿Su nombre?, su nombre no importa, no realmente, como no importan los pormenores insignificantes como su altura o la cantidad de dinero que pudo o no haber tenido.

No nos presentaron nunca, ella se acercó a mí y me dijo “hola, ¿te gusta Mafalda?” Claro, no acostumbrado a presentaciones tan poco ortodoxas, no acerté más que a sonreír. “¿Qué?”, me dijo “¿no te gusta?” Le estiré la mano y le dije “Al que no le guste Quino, no sabe nada de la vida” Ella no hizo nada más que sonreír, pero no hizo falta nada más. Aquella luz que me envolvió de repente era casi como el amor contemplativo desde la ciudad de plata. Yo era Uriel y ella la luz eterna. Hablamos de todos los libros de Mafalda publicado, de otros tantos libros de Quino, de Fontanarrosa, de Crumb... muy pronto nos dimos cuenta que el mundo se había desvanecido a la luz de las tiras cómicas y que, en aquella fiesta a la que había ido como un compromiso social, se había convertido en la velada más deliciosa que había tenido en mi vida. Nos fuimos de la fiesta como a eso de la una de la madrugada y acabamos en una estación de gas, hablando, riendo y yo, sin duda alguna, enamorándome como un imbécil, como nunca, jamás, creí que iba a hacerlo.

Quedamos... a ver, en realidad le supliqué, que nos viésemos más tarde ese mismo día. No podía quedarme con aquel deseo apremiante de seguir y seguir y seguir. Sorprendido, escuché que me decía que sí, que estaría encantada y que nos veríamos en una cafetería, pero por la tarde, que con todo el cansancio que tenía, seguro iba a dormir hasta el medio día.

Los días se iban corriendo cuando estaba con ella. Entrábamos en una dimensión propia, en donde el tiempo parecía, al mismo tiempo, estar detenido y viajar mucho más rápido que cualquier otra cosa. Conocí de su su afortunada cinefilia, su megalomanía y su gusto por el arte abstracto y surrealista (menuda combinación) Era alérgica a las iglesias y detestaba el tener que estar atada a un horario y a un lugar para aparentar ser una persona respetable que se puede ganar la vida de la manera más decente. Era cautelosa con las cuestiones sentimentales, porque no creía que el amor absoluto o la entrega incondicional fuesen una buena idea, sobre todo en un tiempo en que lo shakespeariano era ridículo, pero lo bergerackiano era falso.

Yo contaba las horas para salir de la compañía y poder verla, buscaba cualquier excusa para salir más temprano o para escaparme y verla una hora o incluso treinta minutos en mis horas laborales (frase que, por cierto, le causaba una cierta risa forzada pero altisonante)

Un buen día, la sorprendí con un regalo: había pedido a través de Internet la colección completa de Ths Sandman de Neil Gaiman y se la llevé a nuestra ya obligatoria cita de todos los días, cuando lo abrió gritó tan alegremente que me llenó de su felicidad, pero además se tiro a mis brazos y me besó. Un beso largo, aunque espontáneo, un beso del que se separó después de algunos segundos deliciosos y que quise prolongar tanto como la eternidad me lo permitiese. “Perdón...” dijo casi avergonzada, como nunca la había visto, pero luego se recompuso, me volvió a poner su mejor cara de la Wendy barryana y me dijo “gracias” con aquella sonrisa que me derretía las retinas. “Gracias a vos” le dije con una sonrisa involuntaria.

Comenzamos una relación implícita ese día. Jamás me declaré, lo que hizo que aquello se me convirtiera en una adicción todavía más cruel, más necesaria, más... como el polvo de los sueños de Oneiros. La besaba cada vez más y ella correspondía y luego continuábamos nuestras pláticas, lo cual me volvía cada día más, un esclavo de su humedad y de sus palabras.

Pero ella no parecía darse cuenta de mi debilidad, de mi cada vez más traumático vuelco de razón hacia ella. Ella simplemente me besaba, conversaba y seguía como si nada. Yo, claro está, quería más: quería vida, quería alma, quería tiempo y locura, todo en un solo paquete un solo hatillo de segura sin razón, envuelto en un papel de celofán con mi nombre en él... y ella no me lo entregaba, no me retornaba la locura, no me daba la necesidad de mí que yo necesitaba.

Los besos, las caricias, sus labios abiertos me perseguían, mucho más que si alguna vez nos hubiésemos acostado. Era doloroso y yo quería más de ella. Una señal, un pequeño guiño del compromiso de estar locos los dos, complementados, juntos y muy revueltos.

Finalmente, un buen día, después de querer sacarle con insinuaciones un poquito de confesión, le pregunté sin más miramientos “¿estás jugando conmigo?”, a lo que ella me contestó con un sonriente “claro, ¿por qué?”

Aquella respuesta, totalmente inesperada, me dejó sorprendido por un par segundos, ante la mirada inquisidora de ella. “¿pero... por qué?” Y me sentí un estúpido por haber preguntado de una manera tan burda. “Porque necesito jugar y divertirme, de lo contrario me moriría. ¿O es que vos querés que lo nuestro sea serio?” No supe muy bien qué responder o qué pensar y no pude hacer más que quedarme callado. “Sos demasiado Mondrian y yo soy demasiado Picasso” me espetó con cierta mueca de hastío y se fue.

Al día siguiente no nos vimos, ni tampoco al siguiente, ni al siguiente. Los días se iban como si el maldito Cronos se regodeara en mi desesperación e hiciera más lento su elemento. Pasaron nueve días antes de que ella me llamara y me dijera que nos viésemos. Para ese momento mi vida era ya un caos y el trabajo se me antojaba ya de una banalidad excesiva. Yo la quería a ella, a sus labios, a sus verbos inventados, a sus libros preferidos... a ella, a ella.

Nos vimos en una cafetería, como siempre y logramos entablar una conversación interesante, pero ella se sentó frente a mí y no a mi lado como hacíamos siempre, así que intuí que los besos, esa ambrosía tan necesaria para mi inmortalidad de memoria, estaba fuera de discusión. Sin embargo, verla, escucharla, conversar... eso era ya mi bálsamo de Fierabrás.

Pero ella evitaba mi mirada, ella quería decir algo que no se animaba a decir. Finalmente, cuando el sol comenzaba a palidecer, pareció tomar el valor que la luz que había quitado y me dijo sin más: “hubiera pasado mucho tiempo a tu lado... tal vez un par de vidas...” Aquella pausa, aquel pero dejado en el aire, implícito, invisible pero taladrante me hizo saber que la continuación de la frase no le correspondía a ella, sino a mí. “Pero no estás para crecer y hacerte adulta conmigo” Las lágrimas rodaron por sus mejillas y bajó la mirada. “Mi Mondrian y tu Picasso...” dije con un susurro “...se divirtieron por un tiempo, pero los caminos, como los de las pinturas, se tornaron muy distintos” Ella lloraba en silencio, mirando siempre la mesa “Las líneas están ahí” me dijo ella “pero no hay que pedirlas, a veces no hay siquiera que pintarlas” Y se levantó con brusquedad. Yo no dije nada, la vi partir sin volver la mirada y mis lágrimas se negaron a despedirla.

Los años han pasado, no la he visto más. Yo me casé, logré la estabilidad, la solidez y la armonía de mi tan anhelado Mondrian... pero todos los días, por unos minutos, me veo al espejo y gozo un poco recordando cada línea de Las señoritas de Avignon.

FIN

sábado, 18 de octubre de 2014

Volver. Cuento


Estaba solo, como había estado desde que ella se había marchado. Pero la suya era una soledad volcánica: ardiente, sofocante, claustrofóbica y angustiante hasta la locura.

Ella no estaba, ella no estaba, ella no, ella, no.

Sabía que estaba haciendo algo, un fósforo en la mano, una ollita, un lejano olor a café, el calor del fuego. Las viejas rutinas, vistas solamente a través del cristal roto del abandono. Él era el culpable, lo sabía y no tenía reparos en aceptarse como tal, repeticiones burdas, llenas de lugares comunes “me lo merezco”, “fui un idiota”, “solo así se aprende”, “o grandes felicidades o grandes lecciones”... espejos rotos en los que resulta cruel mirarse. Las palabras se le antojaban resbalosas, escurridizas, falsas. El mejor amigo del hombre, el silencio.

Encontrarse con ella en los rincones inexplorados. La esquina de la cocina a la que nunca llegó la escoba por estar entre el refrigerador y el mueble que servía de tabla para cortar la carne; el olor de las hojas de albahaca recién cortada, el color del techo con las goteras que jamás reparó.

Eso de mirar al techo le pareció excesivo y muy cliché, así que decidió vencer la depresión en nombre del decoro y salió a la calle intentando recordar la sensación del sol en la cara. Ardillas jugueteando en los alambres de electricidad, un par de pájaros en pleno cortejo, automóviles entrando y saliendo de casas repetidas con problemas iguales, similares o totalmente distintos, pero vividos de forma diferente, aunque paradójicamente, igual de brutal.

Los cienpiés se habían apoderado de gran parte de un tronco y ver cómo algunos se encimaban a otros lo asqueó, pero siguió viendo, casi hipnotizado.

Ruidos mecánicos resonando, rodeándolo. Una motocicleta, una motosierra, dos automóviles, una mujer en la cochera corriendo en un aparato monstruoso. Cuanta fealdad, cuanta banalidad, cuanta vacuidad pretéritamente inadvertida.

El arrastrar de sus propios zapatos lo sorprendió. ¿Había arrastrado los pies desde un inicio, había comenzado recién a arrastrarlos o los había arrastrado desde siempre? El despertar.

Ver a los niños jugando en la calle le trajo memorias perdidas de las veces en las que él mismo se dedicaba tardes enteras a perseguir una pelota o a destrozar pantalones por caerse tanto de la bicicleta. Tantos recuerdos herrumbrosos, tanto pasado precioso gracias al tamiz del tiempo. Pájaros de oropel trepando por su espalda, diciéndole una y otra vez que todo es una mentira y que no hay nada más lógico que creerlo.

Y de cuando en cuando, sus ojos. No aquellos ojos cafés llenos de poesía, no aquellos ojos llenos de deseo que lo desvestían sin tocarlo durante tanto tiempo. No. Ojos acusadores, llenos de reclamo, de decepción, ¡ay!, decepción. No cabía duda alguna, aquellos ojos lo estaban devorando desde adentro, desde el mismo centro de su memoria y no había más que rendirse, aceptar aquella derrota estúpida y salobre, mientras la calle seguía y seguía, larga, gris inacabable. Ni modo, la vida sigue y el suicidio era una alternativa demasiado común, tan sencilla que se negaba a aceptarla, un axioma de imbecilidad y vodeviles repetidos.

Techos altos, enredaderas tragándose las paredes felizmente y él contemplando el cielo nublado, sabiendo que la tormenta se acercaba, incapaz de comprender que aquello implicaba mojarse, empaparse hasta los huesos y un seguro resfriado lleno de incomodidades.

Miraba cada detalle, pero no se detenía en la observación de nada. Todo eran anuncios publicitarios de una vida que ya no lo era. Nada valía la pena como para prestarle atención.

Y entonces la vio, ahí, sin la cara de angustia con que la había imaginado. Sola pero decidida, subiendo a un autobús. Dueña de su tiempo, de su vida, de su entorno y de su pasado. El pasado de él. No había lágrimas, no había caras tristes, solo había determinación, una determinación de que él nunca había sido capaz y de la que ella siempre fue propietaria absoluta y vitalicia. No lo vio, menos mal. Salvarse de la vergüenza de explicar una facha que, si ella la hubiese tenido, hubiese sido un acto de complicidad. Pero no la tenía.

Y fue en ese momento cuando se dio cuenta de lo que aquel cielo gris significaba y se planteó la pregunta “¿Debería volver?” Un trueno lejano le hizo caer más en la vomitiva realidad en la que estaba y se volvió a preguntar, ahora con más decisión “¿Debería volver?” Una gota, en su párpado izquierdo, pequeña, helada, solitaria, aunque no por mucho. A lo lejos, el sonido inconfundible de la tormenta que venía sin miramientos, cruel, inhumana. Así fue como llegó a su decisión definitiva, sin miramientos, cruel... humana. La pregunta regresó, pero no se la hizo, estaba ahí, pendiente de los hilos de su voluntad sin animarse al asomo. “Volver”, se dijo, “¿para qué?” y siguió bajo la tormenta, sin lágrimas, sin dolores, sin un alma en venta.

FIN

martes, 25 de febrero de 2014

Frases trilladas o una declaración de amor frente a muchas personas

Muy con mis reservas, mi esposa me ha pedido que publique esto aquí... Les explico: hace algunos días, se llevó a cabo un concurso de "Día de los enamorados" en el que participé con mi carta de amor, explicando cómo mi esposa y yo nos conocimos.

Me tocó leerla (ya que gané), frente a ella, pero además, frente a un montón de compañeros de trabajo, que confieso, me llenaron la cara de sangre, es decir, me sonrojaron a más no poder.

En todo caso, les pongo aquí la susodicha carta:

“La radio puede cambiar vidas”… esas siempre fueron palabras que me resultaban vacías, porque una radio no es más que un aparato en donde se escuchan a personas a quienes se les paga por brindar entrenamiento…
1997 fue un año lleno de contradicciones, sobre todo si se toma en cuenta que yo llevaba ya 4 años viviendo solo y que había pasado por toda una serie de trabajos pesados y mal pagados, en los que me desgastaba cada vez más y me alcanzaba cada vez menos.
Milagrosamente, mi padre, siempre el gran ayudador, me convenció de entrevistarme con el director de programación de una radio comunitaria, que luego de cruzar unas cuantas palabras, me dijo: “comenzás el lunes”
Logré hacerme pronto de grandes amigos y aprender los detalles que convierten el oficio en una de las carreras más divertidas del mundo y puedo decir que es uno de los trabajos que más he disfrutado en mi vida… pero no solo eso.
Estando en turno, mientras programaba alguna de esas canciones gruperas de moda (de aquel tiempo, claro está), vi que se comenzaban a reunir fuera de la cabina de la radio algunos de mis amigos, uno de ellos, el más gordito, me impedía la visión de la persona que se encontraba detrás de él, lo cual tampoco me quitaba el sueño, pero me daba curiosidad. Sin embargo, en un determinado momento, se movió y dejó a la vista a alguien. Jamás, en mi vida, había yo visto a una mujer de tanta belleza, pero había algo más, algo que, hasta este momento, no logro definir con exactitud.
Creo que todos notaron la cara de idiota que debí tener en ese momento, pues llevaron a dicha mujer a la cabina para presentármela: era una nueva integrante de la radio, cuyo nombre no se me olvidaría de ese momento y hasta que el último aliento de vida abandone mi cuerpo: EVA.
“Fue amor a primera vista”, es otra de esas frases que siempre me sonaron tontas… hasta ese día. Desde que vi a Eva, yo sabía que era la persona con la que quería pasar el resto de mis días y más, si es que eso es posible. Graciosamente, sigo pensando que ella merece a alguien mejor, pero agradezco que no lo encuentre. Eva ha sido, es y será el alma gemela que no todos tienen la suerte de encontrar. YO SÍ TUVE ESA SUERTE.
Y es gracioso como la vida cambia la perspectiva de las cosas, antes, las frases “la radio puede cambiar vidas” y “fue amor a primera vista” me resultaban tontas, clichés que no deberían existir. Ahora puedo asegurar que una radio cambió mi vida y la convirtió en la vida más feliz del universo y que el amor a primera vista existe, sobre todo, si uno tiene la dicha de ver a personas como Eva, que por cierto, ha compartido mis días y mis noches, mis tristezas y mis alegrías, mis buenos y mis malos ratos, desde hace ya 18 años.

“Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde”, es una frase que, con seguridad, no aplica en mi caso. Sé lo que tengo, sé el tesoro incalculable, irremplazable y hermoso que tengo en mi vida y no pienso esperar a perderla para saber apreciarlo, sobre todo, porque NO PIENSO PERDERLA. 

FIN