miércoles, 17 de julio de 2019

Comic - American Virgin





Finalmente después de mucho tiempo... una reseña de un cómic de Vértigo:



American Virgin :)

sábado, 6 de abril de 2019

Estos días grises de Abril


Estos días grises de abril hacen que la inmensidad de mi melancolía crezca como la marea con la luna. Hacen que recuerde que ya no estoy en donde estaba, que ya no soy el que era, que ya no tengo lo que tenía, que ya no siento lo que sentía.

Sin embargo no es precisamente nostalgia, porque no es que añore lo que ya no es, lo que ya no está... es la imposición del tiempo la que escuece. Son estas hojas de calendario tiradas en el piso. Esta fruta podrida que aún cuelga del árbol marchito.

La vida era más fácil hace algún tiempo. No, no era más feliz, simplemente más fácil. Si la felicidad es la condición del tonto, me alegro de ser el más estúpido ser humano que existe. Pero me aparto del sendero. La vida solía ser más fácil, tal vez por no saber, tal vez por la avidez con que uno se aferra a la ignorancia, como si esta fuese la tabla de salvación de un abismo que, una vez superado el desconocimiento, resulta tan atractivo como irresistible. La juventud es la excusa perfecta para ignorar las verdades más crueles y a la vez más vanas. Con los años se aprende a aceptar la necesidad, que no el gusto, por el dinero, por los compromisos, por la bebida amarga de la lenta degradación.

Las mismas aceras que en la juventud se recorrían con curiosidad, con anhelo, con deseo, se recorren ahora con aprensión. Los árboles delante de los cuales el alma joven se maravillaba, pasan a ser parte del ornamento que pasa desapercibido, pues las preocupaciones de la edad adulta privan a los ojos de la belleza que sigue estando, pero que parece que ya no es.

Esquivo y lejano recuerdo, ¿por qué has decidido crecer tan malamente dentro de mí? Todos los atardeceres, un solo atardecer. Ya no soy una legión, ya no soy un universo en mi mismo. La vida te va singularizando, uniformizando, homologando con cruel lentitud, pero con inevitable resultado.

¿Qué es la edad adulta? La verdadera edad adulta debería ser la liberación de los prejuicios que en la juventud nos encadenan a la apariencia y a la vanalidad. Cuán sorprendente y sardónica resulta la realidad de las que tan pocos escapan.

Las ruedas dentadas de la maquinaria que nosotros mismos hemos creado, están tan bien ensambladas que intentar reemplazarlas resulta casi imposible y si se intenta, la maquinaria se defiende, se enerva e impide que el cambio se lleve a cabo. Y así, crecemos creyendo que el cambio es malo, que no hay nada mejor que lo que ya es. Los sueños nos están permitidos bajo la condición de no soñar fuera de los límites de la maquinaria. La libertad es tal, dentro de los confines, dentro de las fronteras, dentro del encierro.

¿Por qué es tan difícil imaginar un momento en el tiempo que no esté en nuestro reloj? Soñar con un nuevo color es imposible, tener un nuevo sabor es prohibido. Ser adulto es darte cuenta. Ser joven es la burla de lo que es, el ansia por lo que puede ser.

Y ahora, tantas décadas después, los colores son más pastel, los olores son viejos conocidos y las horas son las mismas, un día trás otro, sin que quede la vieja ansiedad por descubrir algo que aún no existe. Y si me preguntasen si mi deseo es volver esa lejana lozanía, ese brío de la juventud, la respuesta es, claramente no. La nostalgia por el pasado no es precisamente el motor de este escrito, es simplemente la melancolía que provoca un día gris de abril, que me recuerda que hay deudas, que hay necesidades de dinero, urgencia por satisfacer las urgencias más básicas, tristeza por aceptar que la edad llega, que los mitos se superan y que la monotonía prevalece... afuera, canta un pájaro.

martes, 19 de marzo de 2019

La Redención del Olvidado - Capítulo Cuarto

La Redención del Olvidado
CAPÍTULO CUARTO
Roberto despertó con cierta vergüenza, sabiendo que una vez más, se había quedado dormido en el trabajo. Le pasaba desde que tenía memoria, en cada uno de los muchos trabajos que había tenido a lo largo de su vida. Habían sido... no, no lograba recordar la cantidad de trabajos que había tenido a lo largo de sus, en fin, de todos sus años como trabajador.

Bebió un sorbo del chocolate que tenía en su taza de siempre y volvió a la pantalla de la computadora. Las cuentas seguían estando ahí, las partidas pendientes seguían pendientes y los balances seguían esperándole. Otro sorbo de chocolate. Comenzó a teclear, sabiendo que en realidad no hacía nada, simplemente golpeaba cadenciosamente las teclas para dar la sensación de que realmente trabajaba. No lograba concentrarse, la sensación de estar preso en aquel lugar le oprimía el pecho. No estaba en el lugar que debería. Él lo sabía, lo sentía, dentro de su cabeza, de alguna forma, guardaba recuerdos que no podía terminar de traer.

- Que serio - dijo una voz femenina a sus espaldas.
- Hola María, me asustaste.
- ¿Tan fea estoy? - preguntó María, siendo zalamera.
- Jamás diría eso - le dijo Roberto sonriendo, sabiendo que María siempre había querido ser algo más que una simple compañera de trabajo.
- ¿Vamos a comer hoy?
- No lo sé, María, lo cierto es que no tengo mucha hambre, además no sé si voy a tener el tiempo, porque tengo que pagar un par de recibos.
- Hummmmm - le dijo ella haciendo pucheros - Nunca hay tiempo para mí...
- No es eso, María, es que de verdad tengo que pagar los recibos, que si no me cortan la energía.
- Mejor, una casa romántica, hasta podrías invitarme.
- Sea pues, te llevo a mi casa hoy a la salida.

La sonrisa de María decía que el trato era mucho mejor que ir a almorzar, así que se dio la vuelta para evitar que Roberto se diera cuenta de su felicidad y no pudo más que decirle un:

- A las cinco entonces paso por aquí.

Lo cierto es que Roberto le resultaba atractivo a prácticamente todas las mujeres de aquella oficina, aunque él no se percatase, sobre todo porque era María la única que se animaba, tal vez por ser la que más deseo sentía por él. Por alguna razón, aquella visita de María le había hecho reflexionar sobre su vida y lo que hacía en aquel lugar. Trató de darle otro trago al chocolate, pero se dio cuenta de que se había acabado. Vio la pantalla de la computadora con cierto desgano y se recordó a si mismo que era un auxiliar de contador que había estado en aquel lugar por... no recordaba ya por cuánto tiempo. Y si bien no ambicionaba escalar posiciones, convertirse en contador general o algo por el estilo, la vida de contador le parecía realmente insulsa, sentía que no era parte de aquel mundo y que en definitiva su destino era otro.

- Soñando de nuevo, según parece.

Otra voz que sorprendió a Roberto e hizo que volviera con sobresalto.

- Tranquilo, viejito, te va a dar un infarto.
- Un día de estos de verdad me vas a matar de un susto, Tony.

Era prácticamente el único amigo que Roberto tenía y se había convertido en su amigo solo porque el mismo Tony se había presentado en su despacho y le había dicho que no debía tomar el trabajo demasiado en serio, le había invitado el almuerzo y se declaró su amigo desde ese día.

- Y entonces, ¿cuál era el sueño de hoy?, el cuerpecito de María en tu cama, me imagino.
- ¿Cuánto tiempo llevamos trabajando aquí, Tony?

La pregunta hizo que Tony le hiciera una cara de extrañeza y le sonriera, casi condescendiente.

- Demasiado tiempo, mi hermano, demasiado tiempo. Pero no me contestaste, ¿vas a cogerte a María?
- Tony, deberías dejar de ser tan imprudente.
- Eso es un sí. Deberías tomar fotos, porque con la María queremos casi todos los de la oficina.
- Habrá registro en tu memoria de lo que significa prudencia.
- Ah, la Mariíta, como quisiera llevármela a la casa. Bueno viejito, nos vemos al rato.

Roberto sonrió. Tony tenía la propiedad de ablandar las durezas de cualquier día, aunque fuese a costa de comentarios por demás irreverentes. Volvió a la computadora, pero ahora abrió su navegador de Internet y comenzó a ver vídeos, de forma despreocupada. Sin embargo se dio cuenta que aquello tampoco lo sacaba de sus cavilaciones. Escuchó un anuncio de detergente por la radio y recordó que había dejado la ropa tendida en el patio. La posibilidad de una lluvia torrencial le hizo torcer la cara. Lavar la ropa de nuevo no era precisamente algo que le llamara mucho la atención.

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María va saliendo de su casa. Son las ocho de la noche y su enorme sonrisa la delata. Ha pasado haciendo el amor desde las seis de la tarde y pese a que no le dio tiempo de aceptar la invitación de Roberto a cenar, ha disfrutado como nunca con el cuerpo de aquel hombre fuerte, de una pasión realmente inesperada. No recuerda haber disfrutado tanto del sexo desde... No. Nunca había disfrutado tanto del sexo, ni siquiera recién casada, cuando hacían el amor con su esposo casi a diario.

Roberto era realmente excepcional, de una energía que no lograba sospechar. Afortunadamente, el esposo de María seguro no estaba en casa. Casi podía escuchar la típica excusa de una reunión de última hora, aunque ella supiera que en realidad se habría estado revolcando con su secretaria en cualquier motel. No le importaba. Ella también tenía sus aventuras de vez en cuando, como ahora con Roberto. Pero la verdad era que Roberto era algo distinto: Roberto le gustaba, desde que lo había conocido y ahora, la verdad, no lograba dejar de pensar en él. Aún sentía el sabor de su sexo, sus manos fuertes recorriéndola con soltura, su cuerpo bien construido, sin desperdicios, aquel movimiento que la dejó sin conocimiento por unos segundos, aquel miembro enorme colmándola en cada rincón. En definitiva, Roberto era algo diferente.

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Roberto está viendo a través de la ventana. Aquella lluvia que temía le mojase la ropa, ahora ha empezado a caer sin mayores anticipos. La ropa se ha mojado de todos modos. Está desnudo, observando la lluvia caer. Medita brevemente sobre María. Se ha sentido bien con ella, sobre todo porque a María parece haberle gustado mucho todo el placer que ha recibido de él. Pero se pierde en la lluvia. Sus pensamientos vuelan. Se sorprende haciendo memoria del muchacho que encontró en la casa abandonada. Recordando lo que pudo ver en sus ojos. La diafanidad de los pensamientos y los recuerdos de aquel muchacho tan confundido; la tristeza de aquella existencia tan resignada a la vacuidad, a la inersia de seguir respirando y de seguir a los demás, simplemente por carecer de una guía propia. Pobre muchacho, lo que pasó, al final de cuentas, era lo mejor. Graciosamente, no estaba justificando la cadena de eventos, simplemente los repasaba y estaba plenamente convencido de que lo mejor había sido el desenlace que había sucedido... pero ¿cuál era en realidad ese desenlace? Roberto en realidad no lo graba recordarlo.

La lluvia realmente le gustaba. Parecía un niño que veía por primera vez la lluvia. Lo parecía cada vez. No podía evitarlo. Agua, cayendo del cielo, un cielo abierto, cubierto solo por nubes poderosas, cargadas de aquel líquido maravilloso. Era algo tan fuera de lo común, sin importar que fuese algo que había visto toda la vida.

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María se acerca a su casa, se siente liviana, liberada de todos los problemas que ha tenido con su esposo, llena de la energía que le ha dado estar con Roberto, sabedora de un próximo encuentro, segura de tenerlo atrapado, pues no solo ella pudo haber gozado tanto, eso es seguro. Claro, él también tuvo que haber sentido aquella conexión, es imposible que no la sientiera. Claro que no.

- Mañana - se dice con decisión - lo quiero mañana, otra vez.

Y mientras camina, decidida y segura de que él no le dirá que no. Una sensación de alivio recorre su cuerpo. Una sensación de placidez, como si de nuevo acabase de estar con Roberto. La seguridad de la anticipación.

- Mañana - piensa - incluso va a estar mejor.

Y es en ese momento en que la flecha atraviesa el corazón de María, sin aviso. No la deja sufrir mucho, ella cae, aún sonriendo, segura de que habrá un mañana, de que habrá un momento liberador, sin darse cuenta que ha pasado, en ese instante, por el gran momento liberador de todo.

viernes, 22 de febrero de 2019

Blender: Robot Box (Eevee animation)



Me han dado deseos de probar las animaciones a través de Blender Eevee, así que este es el primer intento :)

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Mi blog con mi libro online gratis: https://aguatemala.blogspot.com

Link de mi libro: http://www.lulu.com/shop/alberto-enrique-ch%C3%A1vez-guatemala/cuentos-desde-el-desempleo/ebook/product-23633887.html

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jueves, 21 de febrero de 2019

La Redención del Olvidado - Capítulo Tercero

La Redención del Olvidado
CAPÍTULO TERCERO

Guerra. Recuerdos de una guerra perdida. No sabe cuándo, no recuerda exactamente contra quién, pero hay viejos recuerdos de guerra. Come un trozo de yuca frita y sabe que tiene esos recuerdos, pero no sabe por qué, desde cuándo o a través de quién tiene esos recuerdos. Él nunca estuvo en la guerra del país, en ninguno de los dos bandos. Más aún, detestaba la idea de las guerras, le parecían estúpidas y sin sentido, sobre todo si su vida corría peligro. Otro trozo de yuca. Había salido temprano del trabajo, en el que era un importante ejecutivo, y tuvo deseos, casi incontrolables, de estacionarse y pedir un plato de yuca frita en aquel mercado.

Se sabe poderoso, es una pieza clave dentro de la compañía y sabe que sin sus conocimientos y sin su agresividad, la compañía no sería nada, jamás hubiesen podido conseguir los clientes que tenían en aquellos momentos. Y es por ello que se podía dar el lujo de salir prácticamente a la hora que quisiera.

Pasaría después por alguno de los prostíbulos caros que acostumbraba visitar, le pagaría más de lo que una de las mujeres le pediera y disfrutaría de un sexo salvaje y agradecido por parte de aquella chica. Golpearlas, eso era lo que realmente le ponía, y estando tan agradecidas por el dinero extra, jamás dirían nada, porque la gran mayoría de aquellas prostitutas necesitaban el dinero, con urgencia, para mantener a sus hijos o a sus maridos drogadictos. El poder y el dinero eran maravillosos.

Pero, ¿una guerra? Podía saborear la sangre de los enemigos que había descuartizado. Eso le agradaba. Pero saberse derrotado le quitaba toda la gracia a saberse el asesino de todos aquellos enemigos. No tenía sentido tener aquellos recuerdos que no le pertenecían. Eso no tenía ni siquiera un poco de lógica.

Salió de aquel lugar satisfecho, victorioso e intrigado, pero bastante motivado. Le pagaría a dos chicas, al fin y al cabo, tenía con qué hacerlo y hacía tiempo que no lo hacía con dos. Aquella experiencia de ser el único macho de aquella pequeña manada... Sí, serían dos chicas, sin lugar a dudas.

A punto de subirse al automóvil, un chico enclenque y muy bajito se le acercó. Hizo una cara de hastío, y comenzó a hurgarse en la bolsa derecha del pantalón para darle una moneda cuando el chico se movió, a una velocidad que no parecía posible para un niño con apariencia tan débil y a decir verdad no hubiese sido posible para ningún ser humano, y lo tomó de la mano.

- Imbécil presuntuoso - le dijo con una voz tan grave que lo asustó - como siempre, las ambiciones te corrompen, típico de un ocelopilli - y le pegó una bofetada que lo hizo rebotar en el capó del automóvil - es hora de que te obligue a recordar.

Él logró recuperarse apenas, solo para recibir otro golpe en la cabeza que lo hizo caer de rodillas. El niño, que él había comprobado que no era tal, lo tomó por los hombros y abrió los ojos de una forma exagerada, mientras en sus pupilas bailaba una llama entre naranja y amarilla.

- A recordar, soldado, hay una guerra que es necesaria y que te reclama. ¿Cuál es tu nombre?
- Ricardo - le contestó apenas con un hilo de voz.
- No estúpido, tu nombre real.

Y entonces la guerra volvió con toda naturalidad, con toda la crudeza y frialdad. Todas las costillas quebradas, todos los cráneos rotos, los gritos de guerra, los de dolor, los de la derrota sufrida la última vez. Su muerte. Claro, su muerte. Y vio de nuevo todo lo sucedido después de su muerte. Una mujer lo lleva a través de un interminable terreno yermo, todo silencio, todo ansiedad por saber qué pasaría.

- ¿Adónde vamos? - le pregunta él con cierta timidez.
- A presentarte a todos los gobernantes y por último a él, al gran gobernante - le decía ella, mientras un leve rubor recorría sus mejillas - y finalmente, a comenzar tu existencia en estas maravillosas tierras oscuras.
- Así que al final, no éramos inmortales, como nos habían dicho, como todos, terminamos en este lugar.
- ¿Inmortal?, si vienes de arriba, seguro vas a morir, sin importar lo que te digan.

Caminaron por lo que a él se le antojó una eternidad, sin hablar, estaba molesto con todo, con la mentira de la inmortalidad, con tener que estar ahí, en las tierras oscuras, con no poder cumplir nunca más su ambición de ser uno de los grandes. Dejar de ser un pobre soldado ocelopilli, comenzar su propia casta, ser el que rompiera con la tradición, ser alguien, alguien.

Caminaron a través del pasillo de los gobernantes, de quienes no recordaría su nombre después. Hasta que llegaron con él, el gran gobernante, el máximo emperador de todo aquel lugar. Todo aquel poder, aquella majestuosidad, su imponencia, su despreocupada autoridad, como quien nace con ella. ¿Había nacido aquel ser?

Lo odió desde el primer momento en que lo vio y le dijo bienvenido con aquella voz atronadora que resonó en lo más profundo de su ser y le hizo recordar lo que era: un soldado cualquiera, del que nadie recordaría ni siquiera el nombre, alguien que no era ni lejos, como aquel ser de gran poder, que había nacido (¿nacido?) con aquel poder, con todo el mando de una región que, empezaba él a creer, era infinita. Él, el rey, era precisamente todo lo que siempre quiso ser y que no llegaría a ser nunca. No pudo menos que sentir el deseo de estrangularlo. Deseo que se extinguió tan rápido como había aparecido, ¿qué podía hacer él, que no logro ni siquiera ganar una guerra contra otros mortales como él, contra aquel que dominaba tierras eternas e infinitas?

La guía le indicó el camino a seguir, luego de haber sido presentado con sus futuros gobernantes y se dirigieron a su futura vivienda. Caminaron hacia un desfiladero en la que se encontraba empotrada su futura vivienda, la cual tenía una vista privilegiada, según le indicaba aquella molesta guía que comenzaba a resultarle una compañía cansina e insoportable.

Se sintió aliviado al comprobar que aquella presencia femenina se retiraba y lo dejaba en su futura "casa de habitación" como le había dicho ella. Entró para comprobar que prácticamente todo estaba listo y puesto en su lugar. Tenía una mesa tallada en obsidiana, bastante hermosa por lo demás; unas sillas de ópalo y unos platos de rutilo, que parecían reflejar todo lo que tenían a su alrededor; ventanas rústicas talladas en la piedra que conformaba la casa; un librero tallado en una especie de madera negra que él desconocía, llena de libros que él no sabía leer, pues siendo él de casta baja, nunca pudo aprender a descifrar lo que decían las palabras puestas en aquellas hojas de maguey. No había lugar en donde poder cocinar los alimentos y eso le inquietó, pero luego pensó que, estando muerto, no iba a necesitar de la comida, comprobando además que, pese a todo el tiempo que llevaba en aquel lugar, no tenía hambre en lo absoluto.

Se sentó. Pensó por un momento en lo insoportable que le iba a resultar la eternidad en aque lugar y en ese momento tocaron a la puerta.

"La maldita guía", pensó y se quedó sentado dispuesto a no abrir. No quería ni siquiera verle la cara.

Volvieron a tocar.

- Estoy comiendo - fue lo único que se le ocurrió decir. - Y soy un imbécil - dijo casi en un susurro.

Tocaron por tercera vez, y él dio la vuelta a la silla viendo hacia la ventana, que mostraba el abismo profundo y flamígero que tenía por paisaje.

"Tiene que irse en un algún momento", pensó y se dijo que tenía toda una eternidad para ignorarla. Todo pasó tan rápido que no supo lo que había pasado hasta algunos segundos después. La puerta voló en pedazos, él calló de la silla quebrándola y alguien se posó sobre su pecho, agarrándole el pelo con una fuerza mucho más grande de lo que él había sentido jamás.

- Si yo llamo, se debe abrir la puerta. Siempre - le dijo una voz grave y lejanamente conocida.
- ¿Quién invade mi casa y me maltrata? - preguntó con un deje de orgullo guerrero que lo obligaba a mantenerse calmado en la peor de las situaciones.
- Alguien que puede hacerte pasar la eternidad en la peor de las situaciones, guerrero de clase baja. No te conviene hacerte el fuerte conmigo, puedo hacerte caer tantas veces que vas a sentir que tu hogar siempre estuvo en este suelo.

El guerrero sabía por demás que lo que el otro decía era realidad, que sentirlo sobre su pecho, halándole el pelo y estrangulándolo con una facilidad que realmente daba miedo, era una prueba clara de lo mal que podía pasarla si no se portaba sumiso, como era obvio que aquél otro quería.

- ¿Y qué es lo que te trae a mi casa?
- Tu orgullo de guerrero y tus ambiciones estúpidas. Sé que tu sueño es salir del agujero en el que siempre has vivido, guerrero ocelopilli, tu deseo de ser alguien, aunque sea mínimamente mejor. En tu lugar de nacimiento, en las tierras claras, eso es imposible, si naces para morir sin pena ni gloria, efectivamente mueres como un insecto anónimo.

Se sintió herido y transparente. El otro había podido leer sin problemas su situación, estuvo a punto de contraatacar para no quedar como un tonto, estaba dispuesto a decirle lo que realmente se merecía, pero el otro le tapó la boca con una de sus manos, sin soltarle el cuello, y le dijo:

- Pero aquí, con nosotros como tu ayuda, tal vez las cosas puedan cambiar, siempre y cuando estés dispuesto.

Aquella declaración le hizo ponerse alerta, pero hizo que se tranquilizara. La mano se alejó para dejarle hablar, mientras que la otra comenzó a relajarse en torno a su cuello.

- ¿Qué tendría que hacer? - dijo, mientras intentaba ponerse de pie.
- Nada complicado - fue la respuesta del otro, que ya estaba sentado en una de las sillas, con ademán despreocupado y viendo hacia el paisaje de la ventana - solo matar al gran emperador.

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Finalmente, todo estaba claro, su verdadera razón para estar en aquel lugar, su promesa, lo que se le había prometido, su pasado real, no el que tenía clavado en la memoria, todo lo que se suponía que debía llevar a cabo para ganarse un lugar dentro del linaje importante de las tierras oscuras,... su verdadero nombre.

- Tu verdadero nombre, guerrero.
- Mi nombre, gran señor, es Xikin Ts’íik y estoy de regreso en las tierras claras para matar al gran emperador.

lunes, 4 de febrero de 2019

La Redención del Olvidado - Capítulo Segundo

La Redención del Olvidado

CAPÍTULO SEGUNDO

Eran las tres de la tarde cuando Alicia despertó con un sobresalto. Había estado soñando con una enorme estepa, oscura, caliente, flamígera. Aquel lugar le encantaba. Ella llevaba a alguien, ¿o era algo?, a través de grandes y preciosas escaleras de pirita, ¿existía ese mineral?, que reflejaban las llamas perennes. No había nada de temor en sus pasos, ningún rastro de duda en su mirada. Ella era la encargada, ella sabía lo que tenía que hacer: presentar aquel ente... ¿era un ser viviente?, ¿era un alma? Ante todos los encargados de aquel lugar, aquellos seres que ostentaban tanto poder, que eran tan inmensos, tan infinitos, tan oscuros y hermosos. Uno por uno iban conociendo a todos los nuevos habitantes, uno por uno, en la escala de poder que se había creado desde que el tiempo era apenas un niño.

Y llegar al último, a aquel ser de poder inconmensurable, peligroso, oscuro y bello, siniestro y sin embargo sereno y sabio en toda su eternidad. Escuchar aquella voz profunda y deliciosa valía la pena caminar toda aquella distancia, que para cualquiera podría significar una vida entera.

- Bienvenido - decía él, y el mundo se estremecía y ella temblaba de emoción y felicidad, pues escucharlo era un acontecimiento en sí mismo.

Entonces, el ente llevado a través de aquella eterna distancia, daba paso a otra eternidad en su nuevo hogar, mientras ella regresaba, ansiosa de llevar a alguien, o algo, más ante aquellos seres.

En ese preciso momento, Alicia despertó, asustada y colmada, maldiciendo su suerte por haber estado en un sueño del que tenía que despertar. Desconectó su teléfono celular del cargador y fue hacia la cocina, en donde un café helado por la espera, aguardaba en una taza puesta ahí desde la madrugada en la que ella había llegado, después de no poder conseguir más que tres clientes, que no hicieron más que ocasionarle disgustos por todas sus manías. El primero le pidió que le pegara con fuerza en la cara mientras lo hacían. El segundo no pudo lograrlo jamás y le pagó mientras se marchaba del cuarto llorando de vergüenza. Y el tercero, ay el tercero, era un caso crónico de halitosis. Tomó un sorbo de café amargo y sacó un cigarrillo de la cajetilla que había dejado en la mesa. No tenía hambre, pero se obligó a comer, recordando los consejos de su compañera Rubí (nombre profesional, claro está), que le había dicho que debía comer, que debía alimentar el cuerpo, porque al final, era lo único que les daba de comer. Comió un trozo de queso que encontró y tres trozos de pan francés que tenía guardados desde un tiempo que le resultaba esquivo. El queso, para su sorpresa, le cayó de maravillas, tanto que decidió tomar otro trozo y endulzar el café.

- Halitosis - dijo y dejó el segundo trozo de queso a medias.

Cerró los ojos y volvió a sentir el beso del sueño reciente. Había disfrutado tanto de aquel sueño, que le costaba creer que fuese solo un sueño. Una manifestación onírica, se dijo, y se sorprendió de utilizar aquellas palabras que había leído en algún lugar. "Si tan solo soñara mi vida"

Alguien le había contado, hacía tanto tiempo que no lograba recordar quién se lo había contado, que cuando los hombres fueron creados no había sido de barro, como lo enseñaba el libro, sino de madera y que lograron ser felices por muchos años, hasta que un dios, intentando hacer el bien, les regaló aquello que para todos era prohibido: el fuego. Y se encontró a si misma deseando ser de aquellos hombres de madera, llenos de superstición y temor, justificado, eso sí, hacia el fuego destructor. Más aún, se cuestionó en serio si es que ella no era o al menos fue, en alguna vida pasada, que aquello seguro que sí existía, un humano de madera. Aquel terror al fuego lo hubiese explicado con mucha facilidad. Pues incluso encender los cigarrillos le daba pavor.

- ¿Pero qué demonios me pasa?

Los ojos aún le escocían por haber llegado tan de madrugada, pero sabía que no quería seguir durmiendo. No estaba como para volver a soñar algo tan hermoso y de repente darse cuenta que su vida, la de verdad, era esa, la que estaba experimentando con toda la crudeza posible en aquellos momentos. Pero aquel ser, aquella voz penetrante, aquellas llamas enormes que no le daban miedo. No, de madera no pudo ser, si le agradaba tanto aquel fuego inmenso en sus sueños, ¿o sí?

El agua, el maldito recibo del agua se vencía ese mismo día y tenía que correr si no quería encontrar la agencia cerrada. No quiso bañarse, sabía que el agua no le caería bien con aquella sensación de modorra que tenía por el sueño acumulado durante la semana. Se puso el pantalón y salió con la misma ropa con la que había llegado, sabiendo que solo tenía una hora para poder llegar a la agencia e intentar pagar el agua, que le cortarían si no pagaba aquel recibo. Con todo, no corrió hacia la parada del autobús, más bien caminó despacio, meditando sobre su sueño, que aún no lograba superar.

Se subió al autobús, que llegaba precisamente en el momento en el que ella terminaba su repaso por aquel sueño. Se sentó con tranquilidad y se percató que no había más que dos personas más. Apoyó su cabeza en la ventanilla y casi de inmediato, se durmió.

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"Cuando el tiempo comenzaba su camino", había comenzado el anciano, "y nosotros aún éramos ideas, las cuatro piedras, en los cuatro extremos de la nada, decidieron que había que crear, crear algo que constatara que la palabra era real, poderosa y eterna y que ellas mismas, las piedras, eran testimonio de que antes que la idea, nada, absolutamente nada, ni ellas mismas, podían haber existido. Fue así como los fondos, los lugares más oscuros y cavernosos, fueron los primeros en existir, pues no se puede construir algo sin tener primero una base sólida. Es así como nuestro mundo fue creado y es por ello que es la parte más importante, pues sin la fundación, las construcciones posteriores no pueden llevarse a cabo.

"Las capas superiores, en donde los seres que primero tienen un cuerpo y después tienen una noción de su identidad, fueron creadas sobre nuestro mundo, para que, al llegar el momento de que las vidas de estos seres llegue a su fin, puedan entrar, ya sin el estorbo de esa masa de carne que los recubre, en un mundo oscuro, justo y perfecto: el nuestro. Allá, en las capas superiores, estos seres se purifican, pasando por una serie de pruebas, caídas y sin sabores, que les hacen apreciar algo que ellos suelen llamar felicidad. Al cabo de una cierta cantidad de tiempo, en extremo corta, ellos logran entender la razón de su alma, exactamente en el instante en que su momento de venir aquí les llega. Es a lo que estos pobres seres le llaman vida. Una carrera extraña, que tiene lejanos dejes de algo que ellos mismos llaman felicidad y que les permite soportar todas las demás privaciones que sufren.

"Pero claro, antes que ellos, nosotros fuimos creados, nosotros que fuimos concebidos por las piedras eternas para ser los guardianes, los protectores, los gobernantes de todo aquello que viene de arriba y que ha de terminar sus días aquí, en las primeras tierras.

"Todos nosotros tenemos roles importantes, todos nosotros somos necesarios para que toda la creación siga su curso normal. Algunos somos sabios, a los que todos los demás, incluso los grandes gobernantes, acuden por consejo; algunos son guardianes de las puertas, que se aseguran que ningún ser que continúe teniendo vida pueda pasar a estas tierras; algunos son guías, que le dicen a toda aquella nueva presencia el lugar que le corresponde, algunos a pagar algo que quedó pendiente, otros a crearse una existencia nueva en este vasto y eterno paraje; otros son gobernantes, reyes de sendas extensiones, que se encargan de mantener el orden; y está ÉL, el gran rey, todo poder y sabiduría, que hace que todo esto se mantenga vivo, unido, respirando, a través de cada uno de nosotros. No hay orgullo más grande que llevar a cabo nuestras tareas, no hay premio más grande a nuestra existencia que poder caminar con libertad por cada rincón de nuestras oscuras tierras; no existe mayor honor que el poder estar frente a los gobernantes; no existe dicha tan inconmensurable como poder ver el rostro del gran rey.

"Así pues, siéntanse gozosos de pertenecer a la casta natural de este mundo, exhiban con orgullo su nacimiento, nunca vean de menos a los que vienen por primera vez y no han sido nacidos aquí, pero no permitan la sublevación o el engaño. Y sobre todo, tengan presente, nuestras funciones están bien definidas, nuestra posición está por demás marcada, no pretendan ser lo que no son, no hagan que su casta se deshonre."

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Despertó, por segunda vez en el día, sobresaltada y segura de haberse pasado del lugar en el que tendría que haberse bajado, aquel sueño, prácticamente una continuación del anterior, no pudo haber durado poco,... cuatro orgasmos no son cosa de pocos minutos. Y sonrió por su pensamiento tan fuera de lugar.

- Vamos apenas un par de kilómetros más adelante - le dijo una voz y fue entonces que reparó en que alguien se había sentado junto a ella mientras dormía - Falta bastante para llegar a las oficinas que anda buscando, continuó mientras le sonreía.

- ¿Cómo sabe usted a dónde me dirijo? - su voz estaba serena, pero el anciano la miró con cierta ternura, y aún sonriendo.

- Porque lleva el recibo que debe pagar en las manos - y le señaló con su arrugadísima mano el papel que sostenía entre sus manos. - Tranquila - le dijo - a mi edad, seguro que no podría hacerle ni siquiera una mala mirada.

- Perdone - le dijo mientras le sonreía - es que ha sido una noche pesada y un sueño verdaderamente fuera de cualquier lógica. Vivía yo algo así como en una caverna inmensa y un rey me había convencido para que me acostase con él... - dejó de hablar de repente. Lo que estaba contando estaba fuera de lugar, sobre todo porque era un total extraño.

- ¡Ah, el mundo de los sueños! - otra sonrisa cómplice se asomó al plisado rostro del anciano - ¿No debería ponerle más atención a lo que le está diciendo ese dios esquivo?

- Solo son sueños de loca.

Alicia sintió que la conversación estaba tomando una importancia que ella no quería darle, sintió que además, le estaba contando demasiado al anciano, que no tenía por qué tenerle tanta confianza, pero lo cierto es que se la tenía y pese que quiso quedarse callada, siguió hablando.

- Fue un sueño raro, además, fue como una película que uno deja a medias y luego continúa. Primero el rey me besa y despierto, la verdad es que me desperté asustada, pero también molesta, quería que el sueño no se terminara, quería que siguiera y saber lo que pasaba después. Pero resulta que salgo corriendo para pagar el recibo y me vuelvo a dormir y el sueño sigue, y me veo con el rey, bueno, no me veo, me siento con el rey y le veo la cara, que parece que no tiene piel, pero lo veo hermoso, enorme, dándome toda la satisfacción que no he tenido en todo el tiempo que llevo de vida, me hace sentir que de verdad estoy viva, no solo por el sexo, que eso se lo da cualquiera, sino porque se preocupa por lo que siento, por lo que me gusta, si una puede decir esas cosas por como la tratan los hombres en el momento en que están ahí, haciéndolo.

Se calló, la sonrisa del viejo le hizo sentir incómoda, como si estuviese desnuda enfrente de aquel hombre que ni siquiera conocía.

- Es lo que le digo - le dijo el viejo sonriendo - debería de prestarle atención a lo que sueña, a lo mejor le está diciendo algo y no se da cuenta.

- Ya me bajo - dijo mientras se ponía de pie - ya llegué.

- Cuídese y procure no olvidar lo que le digo de los sueños.

Se bajó del autobús casi sin darse cuenta, sumida en toda clase de pensamientos. Recordando el sueño, su placer, su rey, su casa y su extraña sensación de que el viejo decía la verdad. Tenía que prestarle más atención a lo que soñaba, ni siquiera su vida le parecía tan real como los sueños que había tenido en las últimas horas. Eso no era normal, eso no era la tranquilidad caótica que ya tenía en su vida como prostituta.

Se detuvo al llegar a la esquina, tenía que esperar a que el semáforo se pusiera en rojo, una espera comprensible. Sintió como si la estuvieran vigilando. No podía ser el viejo, él se había quedado en el autobús. No, se estaba poniendo paranoica, tal vez por los sueños tan vívidos de las últimas horas. Cómo podría alguien querer andar tras alguien de tan poca importancia, si ella lo único que hacía era venderse y comprarse de nuevo, al más caro de todos los precios, pero comprarse, día tras día.

El semáforo se puso en rojo y ella cruzó la calle, sintiéndose mal, tan mal como se había sentido la primera vez que se fue con alguien por dinero. Su padre, bueno su padrastro, que había sido su única figura familiar, pues su madre había muerto al nacer ella, había esperado que creciera, con la esperanza de verla convertida en una mujer hermosa. Ella no lo decepcionó, al llegar a los catorce, ya era una señorita hermosa y bonita y él sabía que, al fin, el mantenerla durante todos aquellos años le iba a retribuir. El hijo de un coronel fue el elegido, por tener tanta inexperiencia como ella, él iba a convertirse en un hombre y ella se convertiría en su negocio redondo, a partir de aquel momento. El muchacho tenía catorce también y era ya todo un bruto, hacía todo lo que su padre le había dicho en cuanto al trato con las mujeres, así que comenzó por empujarla a la cama y decirle que se quitara la ropa y al notar la duda de Alicia, le soltó la primera de las bofetadas de aquel encuentro, que terminaría con los dos niños perdiendo su virginidad y con ella perdiendo todo rastro de felicidad.

Llegó al otro lado de la calle, sintiéndose aún una niña de trece años que ha sido vendida. Entró al edificio, faltando apenas diez minutos para que cerraran la oficina del gobierno en donde tenía que pagar el recibo, así que su carrera evitó que viese al viejo, al otro lado de la acera, acariciando a un perro pulgoso y sucio que se notaba, a todas luces, que tenía muchos más años de los que un perro podía aguantar.

- Es ella pek, tiene que ser ella - dijo el anciano, mientras le acariciaba las orejas.

- Más vale - dijo el perro, con un gutural tono de voz - si no lo es, estamos todos muertos.