viernes, 14 de noviembre de 2014

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Manual para el suicidad principiante - Cuento


Se comienza con timidez, con esa vergüenza disimulada que ocurre cuando ni siquiera queremos que se nos note que tenemos vergüenza.

Enterrar poco a poco la cabeza en la almohada, tal vez... pero esa sensación de la caliente respiración, ese recordatorio permanente de algo que ya no se desea: la vida. Tal vez no, asfixia por almohadazo delicado, no.

En esos momentos, claro, uno recuerda que la casa es una porqueriza, una casa... casita... casistilla en la que es tan fácil que se note lo sucio y muerto, claro, pero con dignidad, así que se va uno a traer la escoba a ese remedo impertinente de patio en el que caben, con suerte dos macetas, una con albahaca, de esa de gallina, porque la otra no se le da a uno que tiene mala mano; y otra con intentos de principiante de sembrar zanahoria, o cebolla o tal vez cilantro.

El proceso de barrido debe ser el más meticuloso que jamás se haya llevado a cabo, al fin y al cabo, esas habladurías de velorio: un asco. Es preferible que digan que se es un muerto limpio a que den gracias a cualquier dios porque un personaje de semejantes malos hábitos no merecía seguir vivo. Y aquí empieza realmente el problema, porque se empieza uno a dar cuenta de que han habido recovecos que jamás - no, no es exageración – jamás se habían limpiado y encuentra uno animales que no sabía uno que existían, así que comienzan las preguntas de si realmente es que llegaron o se generaron espontáneamente y a lo mejor hasta están por desarrollar consciencia de sí mismos.

De acuerdo, la limpieza se ha hecho, tal vez demasiado concienzudamente, pero vamos, que es nuestra última hazaña, nuestro opus mortem, si se le quiere llamar de alguna manera y nos decidimos a intentar otra cosa. Así que claro, es el momento de observar las vigas (madera o metal, dependiendo de lo que encontremos) y preguntarnos si aguantarán con el sobrepeso (no me diga que no, acepte su obesa realidad con estoicismo). En fin, que va uno a ver si hay algo que, en unión sinérgica de pescuezo, vigas y cable-lazo-alambre-ocualquiercosaquesirva lleven, al fin, al gran paso, el último, ese en el que se dicen las palabras memento mori.

La cuestión de amarrar bien el cable-lazo-alambre-ocualquiercosaquesirva tampoco es cosa fácil, pues hay que asegurarse que no vaya a desamarrarse y termine uno con más dolor de orgullo que con una muerte digna, así que se hace un nudo de marino y se va traer una silla, una silla cualquiera, que tampoco es para ponerse exquisito, que con la dignidad guardada basta... y es aquí en donde aquel gusanito de la inconformidad a corroer poco a poco la idea que tanto costó: DIG-NI-DAD, tres sílabas, una palabra, mucho contenido y falta de ganas de mandarlo todo a la mierda. QUE NO, que colgado... vamos que muy bien muy bien, no es que se termine viendo uno, todo colorado/morado y con la lengua de fuera, uf, la peor de las poses en el peor de los lugares. Bien pues, no.

Saltar de un décimo piso, ni en la peor de las borracheras, que las alturas dan un mieeeeedo.

Gas... no, que si hay una chispa, eso de morir quemado sí que no, cualquier cosa menos quemado, que además de deforme, con una muerte cruel y dolorosa.

A ponernos frente a un bus o microbus, que estos seguro que hasta pagan por matar gente... pero ¿y si no hay tales de estirar la pata y solo queda uno medio rengo y además estúpido? No gracias.

Pagarle a alguien para que nos quite la vida. Ja, si no tengo ni para el pan francés de hoy, voy a tener entonces para pagarle a uno que me deje las tripas de fuera. Que no.

Veneno. Y la pregunta del millón de dólares: ¿Sabe usted en dónde puedo conseguir cianuro, cicuta, curare? No.

Así pués, después de un buen tiempo de meditar y analizar, se llega a una conclusión: hágale huevos a la vida, que morirse no es ni lejos, algo sencillo o barato.

FIN.

sábado, 8 de noviembre de 2014

La Pava (poema de Francisco Torres)

Hoy no es nada mío... es simplemente que a alguien a quien quiero mucho le gustó este poema y la verdad es que no deja de tener su gracia:


LA PAVA

Por entre las flores que adornan la reja,
asoma la cara alegre y risueña
una zagalilla, modelo de hembra:
con ojos muy negros y tez muy morena
ha poco un mocito de hechuras flamencas
de prisa y gozoso a la calle lega,
y el paso detiene ante aquella reja
que es altar y trono...
¡Altar de su diosa, trono de su reina!

Ya están frente a frente,
la pava comienza:
- Hola Carmencilla. - ¡Hola, buena pieza!
A dónde has estado Currillo...? ¡Contesta!
¿por qué no ha venío a la ocho y meía
como toa la noche...? ¡Me tié contenta!
Hace algún tiempo que tengo sospecha
de que tú me engaña, si verdá fuera
te juro por esta...

- ¿Qué ice, serrana?
- Que eres una prenda, que me engaña, curro,
- ¿Yo engañarte, reina?... ¿Has perdío el juicio?
- Quisieras lo pierda. ¿Te parece bonito
tenerme cerca de do hora esperando?

- Nena e que yo...
- No quíeo iscurpa...
- Espera y escucha un itante tan solo,
princesa, que un grillo se escucha y vale una perra.
- Y tú vale menoque un grillo, tronera...
No quío escucharte mentira,
- Carmela!... no tíe... reparo, no tíe prudencia,
- Ni tu tíe vergüenza.
- Por Dios, no te enfade que pone muy fea
tu cara bonita, tu cara de reina...

- ¿Ya viene con flor...? Pue largo con ella,
que aquí por fortuna no sobra maceta...
- ¿Por qué eso modale, por qué? Dí,
Carmela...
- Porque tengo celo.
- ¿Quién e esa hembra
que amarga tu vía?

- No lo sé; cualquiera...
Yo no la conozco ni quíeo conocerla;
una lagartona que te quíe pa ella
y no le importa er que yo me muera.
- Ar que eso te ha dicho que te güerva el dinero.
Mira mi arma toa entera
era e mi mare cuando a tío morena,
no te conocía; más la noche aquella
en que yo te vi por la vez primera,
la partí por medio pa que ansina sea
la mitá pa tí, la mitá pa ella...

- Renuncio a mi parte de arma tan perra...
- ¿Qué ice? - Lo dicho: tú si dúa piensa
que vas a engañarme con la labia esa
Qu el Señó te ha dao. Pue no te lo crea,
que si tú ere pillo, yo soy tan lela.

- ¿Es que te has propuesto que tengamos
gresca?

- Lo que yo deseo e que ya no güerva
má por esta calle, porque yo a la reja
no bajo ni a tiro pa que tú me veas...
- Ni farta que hace; no pase tú pena
por eso, chiquilla, ecuída, Carmela,
que yo te prometo darte gusto. ¡Ea!
Adió, señorita...

- Adió, sinvergüenza...

La dama, nerviosa, la ventana cierra
y tras la persiana marchar la contempla;
él a cada paso vuelve la cabeza
y exclama entre dientes:

- ¡Que baje mañana a la reja Dió mío!
Y entre tanto, ella se queda gimiendo:
-¡ Dió mío! ¡Que güerva!
Francisco TORRES

Así pues, se los dejo, para ver si también les deja una sonrisa :)

martes, 4 de noviembre de 2014

Mañana como siempre... - Cuento

Y vuelvo a este lugar, en donde lo único que cuenta es la justificación.

Veo a uno y otro lado y me siento perdido, ausente de mí mismo, veo mis manos correr por el teclado sin saber exactamente lo que están escribiendo. Estoy solo, me siento solo y comienzo a temer que sea un viaje sin retorno. Años hace que no tenía esta sensación y me doy cuenta que a pesar de no sentirme nada bien, debo estar aquí. Aparentando que estoy bien, que soy fuerte, que no pasa nada.

Cierro los ojos e intento recordar lo que se sentía ser distinto… y no lo consigo. Nada me sabe como antes. Si bien no soy de los que vive anhelando un pasado mejor, lo cierto es que tampoco el presente y mucho menos el futuro me suenan prometedores. Intento recordar mi felicidad y no logro recordar lo que sentía. Mi momento de autocompasión duró poco, cuestión de un día, tal vez dos. Pero lo siguiente fue peor. La vacuidad, la falta de peso, la ausencia.

Todo comenzó por una estupidez, como empiezan todas las cosas grandes. Un pleito, un malentendido, una frase dicha tal vez sin querer, pero que alcanzó a tocar fibras sensibles. Demasiado sensibles. Primero, claro, el enojo, pero luego algo pasó, algo se comenzó a transformar, a cambiar dentro, como esas gotas que se van acumulando en los huecos de las piedras y cuando el hueco se desborda no lo hace más en simples gotas, sino en grandes chorros, así, lo que se desbordó producto de aquella insignificancia, resultó ser la indiferencia. No había odio, no había otra persona, solo había una nada monumental, un vacío triste y errante, vagando por cada rincón del alma.

Estando aquí, no puedo más que desear en otro lugar. Pero no sé en qué lugar. Viendo a la gente entrar y salir de esta oficina no puedo menos que imaginar lo plácida de las vidas de cada uno y me doy cuenta que estoy terriblemente equivocado, que las vidas plácidas son una falacia, una mentira que creemos por un tiempo, pero que luego llegamos a desenmascarar. Y duele. Y destruye.

La necesidad de aparentar que se trabaja no hace más que incrementar la soledad. Trabajo, claro, hago lo que debo hacer, por lo que se me paga y por lo que soy una persona “productiva a la sociedad” Todo una pantalla, una mentira enorme que dice que estoy bien, que soy una persona importante y que sabe hacer su trabajo. Como si eso fuese lo único que importa.

Vida, trabajo, trabajo, vida. Suena complementario, pero en realidad es parasitario. El trabajo se convierte poco a poco en lo más importante para muchos y en lo más deprimente para otros. Con lentitud, los progresos laborales se van convirtiendo en lo único que interesa, como si la necesidad de trabajar, se convirtiese en la necesidad de saber que somos necesarios en el trabajo. Espejos para los conquistados.

Y permanezco en mi lugar de trabajo, cumpliendo un horario que no pedí, que no establecí y que nadie ha establecido nunca, porque sí, porque este es el horario que ha sido siempre, tantas horas fuera de cualquier lugar que a uno le pueda parecer interesante, porque eso es lo que debe ser, porque siempre ha sido de esa forma.

La veo en mis recuerdos y parece que estuviese ahí. Pero lo cierto es que no la extraño. No recuerdo como sentir lo que sentía por ella y eso me entristece. Creamos una vida junto a alguien más con la esperanza de que un sentimiento, una reacción química, será capaz de durar para siempre y de repente, un pleito, otra reacción química, no hace más que contrarrestar el efecto de la primera y luego,… nada.

Y ahora, que la hora de partir se acerca, que he de regresar a otro lugar en el que no quisiera estar, no hay nada más devastador que aceptar que mañana, como siempre, el sol saldrá y mi corazón seguirá latiendo, porque no soy más que el resto, porque estoy aquí, junto con otros millones, que tienen tanto vacío en su vida como yo. Que el mundo sigue, que el universo sigue. Tanta verdad, tanta crueldad, tanta mierda.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Podcast 7. Cuento "Hola Viejita

Como hacía ya ratos que no publicaba un podcast, pues me decidí a hacer uno. En este doy cumplimiento a la promesa de subir más cuentos leídos y les leo uno que, además, ya estaba subido al blog desde hace algunos años, pero que ahora lo leo, no sin cometer algunos errores de lectura, pero que no son tan graves como para no entender el contexto. Mis disculpas, además por el tonito constipado, pero recién salgo de una gripe crepuscular :(

En fin, el cuento se llama Hola Viejita y es un cuento que se divide en 3 cartas, el podcast es la carta 1, en la que un viejo YO, le escribe a un amor perdido que no superó jamás.

Este es el podcast:


viernes, 31 de octubre de 2014

Viernes de vídeo

Digamos que es una colección de varios temas conocidos, condensados y que parecen un tema nuevo:

E N V O Y from David Weinstein on Vimeo.

Sonría, es viernes :)

miércoles, 29 de octubre de 2014

Mi Mondrian y tu Picasso - Cuento


Adolfo Aliosha, ese es mi nombre. El que me puso mi padre, un admirador confeso del libro Mein Kampf y de Los Hermanos Karamazov, autor y personaje que componen mi maravilloso nombre. Esto no es una cuestión baladí, por supuesto que no. Esto es algo que me ha definido a lo largo de mi vida. Empecemos por el nombre de Adolfo, que hoy en día y desde mis tiempos, casi nadie lleva encima. Pero ese es el de menos, que tal el de ¡Aliosha! En la novela de Dostoievski era un diminutivo, pero el mío no es el caso, no señor, me llamo ALIOSHA.

¿Que si la he visto difícil? Imagínelo usted con todo el poder de su imaginación y le aseguro que se habrá de quedar corto. Sin embargo y en favor de mi padre... y de mi madre que fue la que no puso reparos al asunto, esas batallas infantiles me resultan hoy, claro, con el tamiz de los años, una verdadera delicia, sobre todo en estos tiempos en que las cosas van rápido y nadie tiene tiempo para fijarse en mis nombres, en la segunda guerra mundial, en un par de hermanos con un mal padre o en cualquier otro vestigio de conocimiento general que pueda asomarse.

Por lo demás, fue la mía una infancia feliz, llena, honor a quien honor merece, de muchas artes y buena literatura, al menos de la que se puede conseguir por estos rumbos, que tampoco es que La Princesa de Cléveris se encuentre en cada esquina... que hasta librerías es difícil encontrar.

Mi adolescencia, como la gran mayoría, se vio marcada por la rebeldía y por el desencuentro con aquellos que decidieron que viniese al mundo, pero fue pasando poco a poco y la reconciliación llegó de la mano con mi edad adulta, no sin antes haber pasado por una serie de tareas que iban desde Saint Exupéry hasta Don Lito de El Salvador, las ecuaciones de segundo grado con una incógnita; mis primeros encuentros con el baloncesto que a estas alturas, con todo y la vejez de las articulaciones, sigue siendo mi deporte favorito. Claro, mis primeras aventuras con el onírico sentimiento del amor adolescente, con sus característicos y beckerianos ex abruptos. Mi primer encuentro con Sabina y mi primer amor literario con Antonio Muñoz Molina y su Jinete Polaco.

Mi entrada en la adultez, forzada como la gran mayoría de los adultos incipientes en el país, fue a través de un trabajo que representó mis primeros ingresos, mis primeros encuentros con la tensión laboral y mi primera decepción, al no poder seguir los pasos del personaje de J. M. Barry. Mi desencanto con la tan ansiada adultez, que ha llegado hasta estos días, se fue cubriendo poco a poco con un aire de responsabilidad, tanto que llegué a creer que el hombre de negocios de la región de los asteroides 325, 326, 327, 328, 329 y 330, no estaba precisamente en un error.

Conocí a Dalí un poco tarde, pues aún no me alcanza la vida para admirarlo. Pero, no crea que voy siguiendo los pasos de Malintzin, que la Familia de Papel me resulta de los cuadros mejor elaborados y más enternecedores que he visto. Me gustó la plástica tanto como la música y admiré con locura cada trabajo de Buonarotti, como amé la música de Zeppelin, como me admiré con cada Goya y sus desvaríos, como me emocionaron las notas de Haggard.

Había tenido, como sea, muchos años de bonanza económica y gozaba de placeres hedonistas de muchas clases.

Toda la parafernalia contada hasta hoy no es simplemente ese deseo de presumir. No. No soy tan banal ni tan presumido. Fue cuando cumplí los 38 que la conocí. Ella apenas tenía 23 y era una niña maravillosa que saltaba por todos lados y sonreía con despreocupación, obsequiando felicidad a cada paso. No exagero, ella era así, vital, imposible, onírica. ¿Su nombre?, su nombre no importa, no realmente, como no importan los pormenores insignificantes como su altura o la cantidad de dinero que pudo o no haber tenido.

No nos presentaron nunca, ella se acercó a mí y me dijo “hola, ¿te gusta Mafalda?” Claro, no acostumbrado a presentaciones tan poco ortodoxas, no acerté más que a sonreír. “¿Qué?”, me dijo “¿no te gusta?” Le estiré la mano y le dije “Al que no le guste Quino, no sabe nada de la vida” Ella no hizo nada más que sonreír, pero no hizo falta nada más. Aquella luz que me envolvió de repente era casi como el amor contemplativo desde la ciudad de plata. Yo era Uriel y ella la luz eterna. Hablamos de todos los libros de Mafalda publicado, de otros tantos libros de Quino, de Fontanarrosa, de Crumb... muy pronto nos dimos cuenta que el mundo se había desvanecido a la luz de las tiras cómicas y que, en aquella fiesta a la que había ido como un compromiso social, se había convertido en la velada más deliciosa que había tenido en mi vida. Nos fuimos de la fiesta como a eso de la una de la madrugada y acabamos en una estación de gas, hablando, riendo y yo, sin duda alguna, enamorándome como un imbécil, como nunca, jamás, creí que iba a hacerlo.

Quedamos... a ver, en realidad le supliqué, que nos viésemos más tarde ese mismo día. No podía quedarme con aquel deseo apremiante de seguir y seguir y seguir. Sorprendido, escuché que me decía que sí, que estaría encantada y que nos veríamos en una cafetería, pero por la tarde, que con todo el cansancio que tenía, seguro iba a dormir hasta el medio día.

Los días se iban corriendo cuando estaba con ella. Entrábamos en una dimensión propia, en donde el tiempo parecía, al mismo tiempo, estar detenido y viajar mucho más rápido que cualquier otra cosa. Conocí de su su afortunada cinefilia, su megalomanía y su gusto por el arte abstracto y surrealista (menuda combinación) Era alérgica a las iglesias y detestaba el tener que estar atada a un horario y a un lugar para aparentar ser una persona respetable que se puede ganar la vida de la manera más decente. Era cautelosa con las cuestiones sentimentales, porque no creía que el amor absoluto o la entrega incondicional fuesen una buena idea, sobre todo en un tiempo en que lo shakespeariano era ridículo, pero lo bergerackiano era falso.

Yo contaba las horas para salir de la compañía y poder verla, buscaba cualquier excusa para salir más temprano o para escaparme y verla una hora o incluso treinta minutos en mis horas laborales (frase que, por cierto, le causaba una cierta risa forzada pero altisonante)

Un buen día, la sorprendí con un regalo: había pedido a través de Internet la colección completa de Ths Sandman de Neil Gaiman y se la llevé a nuestra ya obligatoria cita de todos los días, cuando lo abrió gritó tan alegremente que me llenó de su felicidad, pero además se tiro a mis brazos y me besó. Un beso largo, aunque espontáneo, un beso del que se separó después de algunos segundos deliciosos y que quise prolongar tanto como la eternidad me lo permitiese. “Perdón...” dijo casi avergonzada, como nunca la había visto, pero luego se recompuso, me volvió a poner su mejor cara de la Wendy barryana y me dijo “gracias” con aquella sonrisa que me derretía las retinas. “Gracias a vos” le dije con una sonrisa involuntaria.

Comenzamos una relación implícita ese día. Jamás me declaré, lo que hizo que aquello se me convirtiera en una adicción todavía más cruel, más necesaria, más... como el polvo de los sueños de Oneiros. La besaba cada vez más y ella correspondía y luego continuábamos nuestras pláticas, lo cual me volvía cada día más, un esclavo de su humedad y de sus palabras.

Pero ella no parecía darse cuenta de mi debilidad, de mi cada vez más traumático vuelco de razón hacia ella. Ella simplemente me besaba, conversaba y seguía como si nada. Yo, claro está, quería más: quería vida, quería alma, quería tiempo y locura, todo en un solo paquete un solo hatillo de segura sin razón, envuelto en un papel de celofán con mi nombre en él... y ella no me lo entregaba, no me retornaba la locura, no me daba la necesidad de mí que yo necesitaba.

Los besos, las caricias, sus labios abiertos me perseguían, mucho más que si alguna vez nos hubiésemos acostado. Era doloroso y yo quería más de ella. Una señal, un pequeño guiño del compromiso de estar locos los dos, complementados, juntos y muy revueltos.

Finalmente, un buen día, después de querer sacarle con insinuaciones un poquito de confesión, le pregunté sin más miramientos “¿estás jugando conmigo?”, a lo que ella me contestó con un sonriente “claro, ¿por qué?”

Aquella respuesta, totalmente inesperada, me dejó sorprendido por un par segundos, ante la mirada inquisidora de ella. “¿pero... por qué?” Y me sentí un estúpido por haber preguntado de una manera tan burda. “Porque necesito jugar y divertirme, de lo contrario me moriría. ¿O es que vos querés que lo nuestro sea serio?” No supe muy bien qué responder o qué pensar y no pude hacer más que quedarme callado. “Sos demasiado Mondrian y yo soy demasiado Picasso” me espetó con cierta mueca de hastío y se fue.

Al día siguiente no nos vimos, ni tampoco al siguiente, ni al siguiente. Los días se iban como si el maldito Cronos se regodeara en mi desesperación e hiciera más lento su elemento. Pasaron nueve días antes de que ella me llamara y me dijera que nos viésemos. Para ese momento mi vida era ya un caos y el trabajo se me antojaba ya de una banalidad excesiva. Yo la quería a ella, a sus labios, a sus verbos inventados, a sus libros preferidos... a ella, a ella.

Nos vimos en una cafetería, como siempre y logramos entablar una conversación interesante, pero ella se sentó frente a mí y no a mi lado como hacíamos siempre, así que intuí que los besos, esa ambrosía tan necesaria para mi inmortalidad de memoria, estaba fuera de discusión. Sin embargo, verla, escucharla, conversar... eso era ya mi bálsamo de Fierabrás.

Pero ella evitaba mi mirada, ella quería decir algo que no se animaba a decir. Finalmente, cuando el sol comenzaba a palidecer, pareció tomar el valor que la luz que había quitado y me dijo sin más: “hubiera pasado mucho tiempo a tu lado... tal vez un par de vidas...” Aquella pausa, aquel pero dejado en el aire, implícito, invisible pero taladrante me hizo saber que la continuación de la frase no le correspondía a ella, sino a mí. “Pero no estás para crecer y hacerte adulta conmigo” Las lágrimas rodaron por sus mejillas y bajó la mirada. “Mi Mondrian y tu Picasso...” dije con un susurro “...se divirtieron por un tiempo, pero los caminos, como los de las pinturas, se tornaron muy distintos” Ella lloraba en silencio, mirando siempre la mesa “Las líneas están ahí” me dijo ella “pero no hay que pedirlas, a veces no hay siquiera que pintarlas” Y se levantó con brusquedad. Yo no dije nada, la vi partir sin volver la mirada y mis lágrimas se negaron a despedirla.

Los años han pasado, no la he visto más. Yo me casé, logré la estabilidad, la solidez y la armonía de mi tan anhelado Mondrian... pero todos los días, por unos minutos, me veo al espejo y gozo un poco recordando cada línea de Las señoritas de Avignon.

FIN