lunes, 19 de noviembre de 2007

Crónica de una pedrada anunciada

En el ambiente se respira tensión, ira, indignación, temor... en el suelo hay vidrios rotos y los restos de las piedras que en algún momento anterior surcaban los aires, la gran mayoría sin un objetivo claro y específico.

Las consignas se dejan escuchar de vez en cuando, pero en general es una algarabía que no hace más que seguir una inercia de miedo y cólera. No hay una organización, solamente un reclamo por un derecho que, a ciencia cierta, nadie alrededor sabe si es o no es.

Alguien junto a mí dice: “Todos tienen derecho, si usted fuera vendedor ¿cómo se sentiría? - yo no hago comentario alguno, me limito a sonreir en un intento de mostrar mi ambigüedad y evitar problemas, me siento un cobarde.

Escucho argumentaciones, algunas sin sentido, otras con más de un mínimo de razón. Varias cámaras de varios canales se han hecho presentes desde hace ya algún rato, al igual que fotógrafos de muchos lados. Algo que parece particular, es la aversión a cualquier cámara que tenga que ver con la Telecorporación televisiva más conocida, pese a que uno de ellos les dice estar de su parte, pues no comparte lo que la alcaldesa ha hecho.

Váyanse de aquí perros vendidos – grita alguien por ahí, y por un momento parece que tienen toda la intención de quitarles la cámara de vídeo – Nosotros si no vendemos no comemos, en cambio ustedes con tomar fotos y dar paja tienen los frijolitos.

Los uniformados se aproximan, el miedo es notable en sus caras, nadie saca un arma, porque nadie la tiene, una señora se abalanza con una enorme tabla hacia uno de los uniformados y los otros no hacen otra cosa que intentar detenerla, sin embargo otros tantos se han abalanzado con piedras y enormes tablas, una señora grita junto a mí “Ay Dios mío, la UMO, la UMO” y como por arte de magia, al menos cinco de las siete u ocho personas que se miraban tan amenazadoras salen huyendo despavoridas.

Los nuevos y oscuros uniformados les gritan a los otros uniformados que se aparten, que ellos se harán cargo de la situación e inmovilizan a la señora de la primera tabla y la encañonan con gran pericia mientras otros cuatro personajes forman una barrera de escudos alrededor de los que empuñan el arma que mantiene quieta, paralizada, en realidad, a la señora de la tabla.

Algunos gritan sin dar la cara: “Suéltenla perros, tiene derecho a expresarse”, pero lo cierto es que la señora está aterrada y no tiene la más mínima intención de hacer un movimiento. Poco a poco los uniformados oscuros se van retirando, sin dejar de apuntarle a la señora y sin darle jamás la espalda.

Desde arriba nos llega una sensación extraña, que nos recuerda las ocasiones en que nos sentimos atrapados y desesperados, el ardor de los ojos nos confirma que en algún lugar, el gas lacrimógeno ha sido lanzado.

Como una premonición alguien que pasa corriendo dice: “No se queden aquí, les va a caer una pedrada”

Nadie le presta atención, pues a pocos metros, los señores de los cuerpos de socorro llevan a una anciana en una camilla, algunos periodistas corren junto a ellos y sólo se escucha que uno de ellos dice: “Es una abuelita que se puso nerviosa nada más, den paso por favor”.

Un vendedor de pan con una bicicleta en la que porta una enorme canasto se para junto a una de las vendedoras y le da las últimas noticias de otro de los lugares:

Aquellos ya están allá, pero no sé cuántos perros estarán jodiendo – le dice el del canasto mientras saca un teléfono celular – Aló, mirá y ¿cómo están las cosas por ahí vos?,... vaya, ya voy yo para allá entonces,... aquí está la Concha y la Cindy,... no, ellas aquí se van a quedar a ver que ondas,... ahorita voy yo para allá,... vaya, nos vemos.

El vendedor se va mientras, del otro lado de la acera, algunos miembros de la cruz verde llegan a sacar a unos empleados de un retaurante de comida rápida. Salen despacio, algunos riendo, otros asustados, algunos incluso llorando.

En la lejanía, sin aviso ni compasión, suena un disparo, todos, sin excepción alguna se asustan, algunos presienten el futuro y deciden retirarse, otros decidimos quedarnos a observar, unos por curiosidad, otros por compromiso con la verdad, otros porque quieren presumir de un valor estúpido. El caso es que, los que nos quedamos, por un par de segundos no escuchamos nada, como si en realidad la paz que precede la tormenta fuese palpable, saboreable, olfateable.

Repentinamente, como un vendaval, los cuerpos a lo lejos parecen una sola masa amorfa que busca abrirse camino por un universo cerrado. Los uniformados, todos, se ponen alerta, ellos mejor que nadie saben lo que se avecina.

De manera casi automática, después de la primera va la segunda y la tercera y luego se hace imposible seguir contando. Los gritos y las consignas ahogan un poco el calor y el miedo, pero las piedras siguen elevándose y cayendo cerca, muy cerca, los uniformados oscuros empiezan a gritar groserías y nos advierten a todos que nos vayamos o sufriremos un accidente. Todo se vuelve confuso, las vendedoras que hasta hacía poco parecían querer matar a todos los uniformados se refugian tras los escudos cuando se dan cuenta que las piedras no hacen distingos de discursos, reclamos o solidaridades. Repentinamente siento un dolor extraño en mi hombro derecho, pero es aún muy pronto para reparar en ello. En un momento todo parece cobrar vida, las tablas empiezan a elevarse, tal vez en un intento por recrear la Falange romana. Las piedras no dejan de llover. Los escudos transparentes parecen dar la cara al sol como queriendo mostrar su inconformidad. A lo lejos, más vendedores se acercan corriendo. El sentido común me dice que es tiempo de retirarse, cuando de repente otra camilla pasa, esta vez, no es una abuelita nerviosa, es alguien con una herida de bala. Casi siento culpabilidad por el dolor leve en mi hombro, pero comienzo a retirarme.

Nada se sacó en claro ese día, ni al siguiente. Mi hombro ya no duele, la piedra quedó seguramente olvidada, igual que los gritos y las maldiciones y hoy en la mañana, todo parecía tenso. Pero las calles seguían ahí, las aceras seguían ahí, los postes y los edificios y las tiendas improvisadas con lámina y los malos olores y todos aquellos que formaron parte del tumulto, todos estaban igual, excepto uno. Todos, menos uno.

Dulces sueños, mañana, tal vez, seguiremos ahí.

Alberto Enrique Chávez Guatemala

PD: Los hechos relatados arriba son ciertos y totalmente verídicos, lo atestiguan mis ojos, mis oídos y mi hombro otrora adolorido.

11 comentarios:

Virginia® dijo...

¿Le importa si cito su entrada en el blog serio?

Alberto dijo...

@Virginia: Blog serio?... no mentiras, ya se cual. Dele nana, con confianza.

Saludos

Virginia® dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Virginia® dijo...

¬¬.

¿Sabe qué? =P

Alberto dijo...

@Virginia: Tan brava la niña C... Virginia, tranquila, tranquila. Es más debo admitir que me agrada tu lado serio.

Por otro lado, yo no suprimí ninguna entrada, me pregunta qué habrá pasado?... los "dendues" supongo.

Virginia® dijo...

Puede usted pasar adelante y degustar la falta de sustancia de mi post.

Princesita Soñadora dijo...

puuuchika ke interesante como viviste de cerca la situación del centro....

Alberto dijo...

@Princesita Soñadora: Pues sí, lo viví tan de cerca que me cayó una pedrada, jajaja.

Saludos

Carlos Abrego dijo...

Alberto:

Lo tuyo es mucho más que un testimonio. Bien escrito y el lenguaje marca tu afán de seguir siendo simplemente un testigo.

Felicitaciones.

Carlos Abrego dijo...

Alberto:

Lo tuyo es mucho más que un testimonio. Bien escrito y el lenguaje marca tu afán de seguir siendo simplemente un testigo.

Felicitaciones.

Alberto dijo...

@Don Carlos: Gracias por el comentario, la intención era ser un testigo, pero como quiera, en el intento me cayó una pedradita, jaja.

Saludos y gracias por venir