miércoles, 18 de noviembre de 2015

Hacking. Calpítulo 5


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HACKING

Alberto Chavez
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5 CAPÍTULO V
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  Tal vez el error más grande que cometí fue pretender que Iandro se
  habituaría al trabajo rutinario, para luego darle la entrada en el
  mundo que él pretendía. No quería que se le subiesen los humos de
  primas a primeras, así que decidí que estuviese un par de años en el
  departamento de desarrollo empresarial... grave error, debo decir.

  Pero nunca había conocido a alguien con la inteligencia de Iandro. Le
  seguía los pasos de cerca. Me daba cuenta que las tareas que se le
  asignaban las cumplía rápidamente, sin problemas y con muchas
  adiciones a lo que originalmente se le había solicitado. Además, sus
  soluciones fueron siempre muy imaginativas. Llenas de la más pura
  creatividad. Sus implementaciones se salían de los esquemas. Utilizaba
  tanto paradigmas modernos como antiguos, desde la programación
  estructurada, hasta la programación orientada a entornos. Demostraba
  un manejo extremadamente bueno de la programación holográfica y jamás
  le tuvo miedo a la creación de circuitos. Era un genio integral.

  Los primeros meses fue todo muy bien. Sus números eran
  impresionantes. Era el programador más prolífico del
  departamento. Tanto que Routemulado, el gerente del área de proyectos,
  se sentía amenazado por el chico. De hecho, en todo el tiempo en que
  espié el trabajo de Iandro, no pude haber estado más feliz. Estaba
  seguro de que aquel muchacho iba a llegar lejos. Incluso, en un
  momento de extraña debilidad, me planteé la posibilidad de dejarle la
  empresa, en el momento de mi retiro, al chico maravilla que había
  encontrado.

  Tenía otras tantas cosas de las que preocuparme, claro está. La
  empresa atravesaba por un problema y había que optimizar los
  recursos. Teníamos a más de treintamil personas empleadas, había que
  deshacerse de, al menos, mil. Los obreros de las plantas de ensamblaje
  eran las opciones obvias. Por eso urgía tanto que Iandro tomara las
  riendas del proyecto de inteligencia artificial, robots inteligentes
  que se encargasen de aquellos trabajos me urgían. El costo de
  producción seguramente se vería reducido a más de la mitad una vez que
  anunciásemos nuestro logro en todos los medios de comunicación y
  lanzásemos los primeros producidos en serie al mercado. Nuestras
  acciones se dispararían en el mercado y estaríamos salvados, de nuevo
  y con un ahorro de mil sueldos.

  Pero tenía que esperar, tenía que hacer que Iandro fuese fuerte y que,
  además, continuara produciendo buen dinero desde la división de
  desarrollo empresarial.

  Los enormes expertos que habíamos contratado para el área de
  inteligencia artificial me enviaban a diario sus avances, cargados de
  retórica. Así que mi certeza de su fracaso no hacía más que crecer día
  con día. El ejército de robots que tenía a mi servicio no hacían más
  que recordarme el fracaso de poder hacer que pensaran. Eran todos
  robots unitarea, que no sabían hacer otra cosa que lo que tuvieran en
  sus limitadísimos progamas. Nada de lo que me rodeaba me producía
  tranquilidad. Confieso que lo de la inteligencia artificial se había
  convertido en una obsesión. La robótica era nuestra especialidad, e
  incurrir en otro campo implicaba, primero, tener la solvencia
  necesaria... No, primero la inteligencia... no, primero los mil
  despidos, luego la inteligencia artificial.

  Así que se despidieron mil personas de las plantas de ensamblaje y
  pude respirar un poco más tranquilo. Una vez resuelto un problema, el
  otro ya podía tener toda mi atención.

  Decidí, entonces, ponerme al día con los "expertos" y hacerles ver que
  toda su retórica no podía confundirme. Al fin y al cabo yo, antes de
  ser el presidente de la compañía, había trabajado con robótica también
  y había estudiado algo de los avances de la inteligencia
  artificial. No quise verlos en persona, porque podría haber pasado
  algo terrible, así que hicimos una conferencia holográfica que se
  extendió por más de cuarenta y cinco minutos. Mismos en los que los
  tres científicos sudaron a mares y no lograron aterrizar ninguna de
  las ideas propuestas.

  Salí de la oficina casi a las nueve treinta de la noche y decidí pasar
  al café en donde había conocido a Iandro, meses atrás. Al llegar, lo
  primero que me llamó la atención fue que todo el lugar se veía
  bastante deslucido. Descuidado.

  - USTED - me gritó el propietario - ¿Qué le ha hecho a mi muchacho?,
    ¿en dónde tiene a Iandro?
  - Trabaja para mí ahora.
  - En cuanto se fue, todo falló, todo lo que teníamos automatizado se
    murió. Ahora no podemos hacerlo todo, él había logrado que todo
    funcionara sin problemas. Lo necesitamos con urgencia.
  - No entiendo - le dije, con sinceridad, porque aquello me sonaba a
    dramatismo más que a realidad - ¿Cómo que todo se murió? No puede
    ser que todas las aplicaciones dejaran de funcionar.
  - Pero claro - me dijo él casi con llanto - ese muchacho tenía cierta
    magia con las computadoras, era como si le entendieran. Casi me
    atrevería a asegurar que no solo programaba, él hablaba con las
    máquinas, por decirlo de alguna manera.

  Una vez afuera, aunque me parecían palabras bastante incoherentes,
  aquello de "hablar con las computadoras" me quedó rondando la cabeza:
  Iandro era excesivamente inteligente, o guardaba un secreto. Yo, por
  supuesto, me decanté por la segunda opción... y no me equivoqué.

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