viernes, 20 de julio de 2007

Un cuento en tres cartas

Esta es una vieja historia, que escribí allá por 1995 más o menos, así que si de repente encuentran alguna alusión a cosas del pasado, o a cosas que, pese al tiempo, siguen siendo tristemente vigentes.

Espero que les guste

HOLA VIEJITA

CARTA #1

San Salvador, Marzo de...

Hola Viejita:

Hace mucho que no te escribía, pero ha sido por falta de dinero para poner la carta en el correo, no por ausencia de deseos, eso quiero que te quede claro. Mis deseos, aunque ya son los de un viejo cuasi senil, no dejan de encaminarse a los placeres de saberte cerca, pese a la distancia que pueda haber entre nosotros.

¿Cómo estás mi amor perdido, mi amor fallido, descuido de mi reloj?, ¿Cómo está tu esposo?, ¿qué tal tus migrañas, esas que te cortaban la mirada y te hacían ver arañitas grises en las paredes blancas de tu antiguo apartamento?, ¿sigues con esas náuseas matutinas de las que siempre nos reímos, pese a tu cara de asco?

Te cuento que mi pensión no tuvo mayor aumento, sólo fueron cien pesos de aumento y diez siglos de trámite, que me hicieron recordar un poco a la caída del imperio romano, que comenzó no por las guerras, sino por la creencia de que las instituciones podían sostener la vida de una enorme civilización y no las personas como tales. Resulta increíblemente difícil imaginar cómo las instituciones se mantienen sólo gracias a la inercia de viejos y empolvados tiempos. Creo que la senilidad llega siempre que permitimos que la carcoma de lo cotidiano nos gane la carrera, ¿no te parece?. ¿Sabías que últimamente mis deseos de correr han decaído de una manera muy rápida?. Pero parece que también estos lugares están siendo vencidos por la rapidez de los tiempos, si vieras como están de mustias las paredes de las oficinas de trámite, desdibujadas y resecas, como si las construcciones también tuviesen piel humana y, con el paso del tiempo, igual que a nosotros, la humedad y tersura de la piel se van extinguiendo. Pareciera como si el lugar ha ido envejeciendo achacosamente a nuestro lado. Esta vez que fui ni siquiera habían quitado los hilillos de algodón que dejan las arañuelas, aquellas que te provocaban hinchazón en los dedos, y cuelgan en ese lugar como adornos siniestros en honor a los personajes que llegamos, intentando recordarnos que, algún día, nuestra alma también tendrá esos hilillos de algodón. También algo me entristeció un poco, pero sólo un poco: aquella agradable señora que te platiqué, aquella de la nariz elegante, pues tuvo que renunciar con esta cuestión del “retiro voluntario”. Lástima, en realidad me gustaba su nariz.

¿Ya leíste que el invierno vendrá con fuerza y con más frío? Eso me asusta un poco, mi artritis se siente triste con los inviernos fríos. Y la tristeza de mis enfermedades implica que las fortalezas de ilusión que construimos alrededor de nuestra acerada lozanía,... bueno, no son más que eso, fornidas ilusiones que se desvanecen, igual que las nubes de pensamiento que vemos en las tiras cómicas de los periódicos.

¿Cómo están las macetas con las rosas?, ¿Siguen tan hermosas como siempre? Siempre tuviste buena mano con las plantas, recuerdo que aquella vecina tuya, ¿cómo se llamaba?, siempre te tuvo envidia porque a ella las plantas se le morían en las manos y en cambio tus plantas echaban flores antes de que las sembraras. Ay viejita, como extraño tu magia, esa a la que cuesta tanto adaptarse, pero que se te da de una manera tan natural que resulta imposible no caer en su encanto. Magia, viejita, magia es lo que necesito en estos momentos, tu magia para darme fuerzas y seguir creyendo que la fantasía puede sobrevivir en este extraño planeta que cada vez tiende más a descreer en las hadas y duendes, y a creer más en los dólares y ese artilugio de crueldad que tantas personas nos quieren vender con el nombre de realidad.

Desgraciadamente sigo sin conseguir un empleo. Como ya te comentaba, la pensión no me alcanza ni para pagar el pasaje del autobús, que por cierto, no tardará en sufrir otro incremento. Es tan difícil aceptar las necesidades y carencias de los otros cuando no logramos suplir ni siquiera las nuestras, ¿no te parece?. Pero en fin, como te iba diciendo, sigo sin empleo, y eso es por una sola y desgarradora razón: hemos llegado, viejita, a la edad del pecado, ya le ganamos la carrera al calendario y hemos dejado de contar y nombrar los meses para evitar bebernos el veneno de la realidad; y sí, desgraciadamente hemos llegado a esa edad, en que decir la verdad es un pecado, porque las hojas, esas que sirven para contar los días, nos escupen a la cara lo que todo el mundo piensa: ya no servimos para nada y para nadie, aunque podamos hacer aún mariposas de colores y hacerlas volar como antes... Bueno, tal vez al principio los colores eran más brillantes, hoy mis mariposas tienen colores más pastel.

Hace algunos días me encontré con Marcos, ¿te suena?, era aquel muchacho que conocimos cuando aún yo trabajaba como contador, esa profesión que parece estar ligada, por algún conjuro a lo monótono y aburrido. Debo decirte que, al igual que a nosotros, al pobre Marcos la juventud y la lozanía se le escaparon por la puerta de atrás sin dejar siquiera una nota de despedida, tal vez hace mucho tiempo. Me contó que se había divorciado y que pasaba los días leyendo el libro de Las Mil y Una Noches, pues su ex esposa se llevó el radio y la televisión y algunos otros trozos de los bienes que se compran creyendo que son la muestra tangible del amor. Marcos, ahora lee y lee por las largas y gastadas noches, tanto que a veces cree ver mercaderes, Efrits, personajes encantados y de ensueño que le hacen más soportable la vida, esa señora que a veces parece tratarnos de una forma tan despreciable y cruel que creemos que debe de ser un mal chiste contado, claro está, por algún mal comediante. A propósito, yo nunca compré el televisor que alguna vez te conté que iba a comprar. Las razones son dos: la falta del dinero, la cual, creo yo, es la más obvia de mis razones; y la falta de deseos de ver televisión. Jamás me acostumbré al aparato que parece tener un poder hipnótico, tanto que se nos olvida que el mundo es redondo y no cuadrado; y que tiene miles y miles de kilómetros y no catorce o veintiún pulgadas. Nunca compré el televisor, creo, tal vez, haya sido porque nunca me interesó vivir otras existencias, vividas en caras hermosas y ataviadas que jamás, por más que yo lo hubiese deseado, llegaron a parecerse a la mía.

Pero, volviendo al punto, pobre Marcos, la tristeza le está ganando espacio a su cuerpo y está delgado, diezmado como aquella paloma que encontramos, que había empezado a ser comida por las hormigas y terminó muriendo a nuestros cuidados en aquella jaula que le compramos. Yo le dije a Marcos que superara su pena, que nada vale la pena como para acabarse la vida en nombre de una persona que, tal vez, ya no nos quiere, que se buscara otra mujer, pero, la verdad, él no lo desea, vive enamorado de su ex esposa y se niega a aceptar que todo ha cambiado para él. Claro está, los motivos de su divorcio ni siquiera se los pregunté, y luego, pensando tranquilamente, me di cuenta que, pese al tiempo, yo tampoco quise buscarme otra mujer, que yo tampoco quise superar mi pasado, aunque, claro está yo no tuve intenciones de morir. Sin embargo, yo tampoco, viejita, yo tampoco estuve dispuesto a amar a otra mujer después de,... vaya, pero no estamos hablando de mí en este momento, ¿verdad?

Me escribió Sonja, aquella buena amiga de Alemania, aquella con quien comimos una buena cena en tu antiguo apartamento y reímos y hablamos y nos divertimos sentados en aquellas sillas improvisadas con almohadones o sentados en el suelo. En fin, es increíble: sigue contestataria, sigue protestando por todo aquello que le parece injusto, como cuando era una sempiterna rubia joven, me envió una fotografía, protestando por los problemas raciales en su país, está con otras alemanas, cerca de la Plaza de Berlín. A veces envidio la fortaleza de ideales que aún tiene,... yo,... yo,... ¡ah! bueno, ya sabes lo que quiero decir.

Ayer hice algo que siempre quise hacer y nunca te conté: a eso de las diez de la mañana tomé un autobús a la playa, el cual iba bastante vacío por ser día de semana. No llevaba más que lo del pasaje del autobús y diez colones para el almuerzo; una botella; un corcho; papel y lápiz. Cuando llegué, la playa estaba casi vacía también, caminé algunos metros hasta encontrarme con un banco de piedras muy grandes en las cuales me puse a escribir apoyado sobre mis rodillas. La nota decía: “Soy un solitario en la isla desierta de mi existencia, estoy varado aquí desde el naufragio de mis más tiernos y enarbolados sueños, estoy a merced de las bestezuelas del desencanto y las carroñeras de la soledad sin remedio, si alguien lee esta nota,... aléjese pronto”. La nota iba sin firma y escrita a lápiz con grandes letras desdibujadas, luego la introduje a la botella, la tapé con el corcho y la tiré lo más lejos que pude, para ver como se desvanecía lentamente mientras bailoteaba entre las pequeñas colinas de la marea. Bien, ese es el gran secreto que nunca te comenté, siempre soñé con recibir correspondencia desde el mar, estando en alguna isla desierta, comiendo cocos, llenos de sudor, solo y esperando desesperadamente alguna noticia que llegara a través de una vieja botella. Hay tantas cosas importantes que jamás te conté. Lo siento.

Debo confesarte que hice algo que jamás pensé hacer y siempre me alegré de pensar que no iba a hacerlo jamás. Te confieso que he comprado una nueva taza para el retrete. Las tazas de retrete, viejita, son los peores inventos de uso común que se han creado, y que conste que subrayo lo de uso común, porque el peor invento de uso no común, ya sabes cual creo que es. Por las tazas de retrete, viejita, vemos como nuestros “desperdicios” desaparecen de nuestra vista. Siempre lo consideré una especie de autonegación, pues hasta nuestros desperdicios forman parte, incluso más que cualquier otra cosa, de nuestro ser, y teniendo tazas de retrete, es como negar que somos una mezcla de secreciones y desperdicios que desarrollan alma con el paso del tiempo. Sin embargo he aprendido – muy en contra de mi mismo – a respetar las normas de esta sociedad,... afortunadamente lo he aprendido ya al final de mi vida y no tuve el infortunio de transmitir este respeto hipócrita a nadie en toda mi existencia. Tantos años que lleva la humanidad, viejita, y no aprendemos a vivir ni siquiera con nosotros mismos. Tanto es así, que nosotros, los viejos somos considerados como un rezago de tiempos pasados, tiempos que no son como los de ahora y, por consiguiente, no pueden llegar hasta nuestras cabezas, porque “No se le pueden enseñar nuevos trucos a un perro viejo”. “El que no recuerda el pasado, está condenado a repetirlo”, ¿te acuerdas de quién escribió eso?, bueno parece que las repeticiones son un mal humano, pero en fin, los viejos no podemos repetir el pasado,... y eso me hace muy desdichado, magnánimamente desdichado.

La semana pasada cociné algo que siempre te gustó: lasagna de queso. Andaba por el supermercado comprando un poco de café, ese que ya sé que no debo tomar por las gastritis, pero,... de cualquier modo, al atravesar un pasillo vi el paquetito de pasta. Ahí, solitario, casi como esperándome, y no pude resistir llevármelo a casa conmigo. Compré también un paquete de queso, de ese suave y con sabor agradable, y salí corriendo de aquel lugar. Me llevó más tiempo del esperado preparar la receta, pero es que el tiempo casi siempre se pone de acuerdo con la memoria y nos hace jugarretas de mal gusto, aunque no nos guste aceptarlo. Cuando estuvo listo me serví un enorme plato de lasagna, aún a sabiendas de los problemas que podía ocasionarme. Me lo comí lentamente, saboreando cada bocado, tratando de conjurar mi suerte con cada trozo que partía y lo llevaba a mi boca, casi con avidez. No lo sé, tal vez preparé aquel plato como una esperanza tonta de traer a mi, con cada bocado, aquellos retazos de mi pasado que deseo tener ahora: empleo, fuerza, agilidad, buena memoria, buena vista, zapatos deportivos, cinismo, crueldad, odio, rencor, pinturas al óleo, pinceles, pasión, nostalgia, la bola de cristal que se me quebró, las grandes amistades como Mitchell y José Mario, mi nombre con su significado, mis libros vendidos por necesidad,... tu presencia. Claro está todo esto, no necesariamente ha de ir en ese orden, pero, claro está, tampoco puedo decirte el orden, tal vez por falta del séptimo elemento nombrado en la lista, o tal vez por falta de una combinación entre los décimo tercer y décimo cuarto elementos.

Bueno viejita, creo que debo despedirme, mi taza de café está vacía y mis ojos reclaman un sueño que no sé si soy capaz de darles. De cualquier manera, antiguo y preservado amor, espero que estés bien (tu esposo también, claro está), espero que me escribas pronto y que dediques algunas palabras en tus oraciones para que logre encontrar, por fin, un trabajo para seguir sobreviviendo. No importa el tipo de trabajo, pero que sea uno en el que pueda, por fin, ganar lo que debería de ganar un viejo que ha trabajado toda su vida y que ahora, necesita de la ayuda de la sociedad que alguna vez ayudó a construir,... o a destruir, quién sabe.

Adiós, viejita querida, que estés bien, espero tu carta de contestación, aunque si no viene, igual seguiré escribiéndote, ya sabes que escribir es algo que, simple y sencillamente no puedo dejar de hacer. Atentamente,

Yo...

CONTINUARA...

4 comentarios:

Raul dijo...

Nostalgia? Deseo?

Alberto dijo...

Nostalgia, deseo, tristeza, debilidad, crueldad, consciencia...

Saludos Raúl

Alberto Enrique Chávez Guatemala

Beka dijo...

era alguna especie de amor imposible que jamas se alcanzo?

Mmm que triste.

Pero, de igual modo, que perfecto.

Alberto dijo...

Me agrada tu suspicacia Beka, pero es alguien que fue posible hace muchos años, y luego se acabó... o mejor dicho, hice que acabara por mi tosudez.

Gracias por el halago, realmente me siento un pavorreal.

Saludos