sábado, 28 de julio de 2007

Cuento en tres cartas. Parte II

Aquí está la segunda de las tres cartas de un cuentecito algo viejo.

CARTA #2

San Salvador, Agosto de...

Hola Viejita:

Son casi las diez de la noche y empieza a soplar ese viento impertinente que suele paralizarme los dedos y dejarme sin poder hacer lo que más me gusta: escribir. Aún no recibo noticias tuyas, extravío de mis locuras, y tal vez sea que ya no quieras hablar conmigo. Lo peor del caso es que, si así fuera, debo darte la razón. Es duro darse cuenta que los años pasan por sobre nuestro rostros, pero a algunas personas, como a mí, no nos enseñan nada más que a mirar al espejo cada día con más recelo.

Debo confesarme que los años me están haciendo aceptar cosas que antes no aceptaba. Hace un par de semanas, revolviendo cosas viejas, es decir, revolviendo toda mi casa y mi alma, encontré nuestro viejo y único álbum de fotos, ¿se te viene a la memoria? Me detuve en una foto en particular, aquella en la que nos estamos besando, en donde llevas puesta una camisa mía, celeste, larga, que te quedaba tan bien que me hizo pensar que, tal vez, sea cierto que algunas personas nacen para ser la una de la otra... cuanta pasión y ternura había en aquel beso, viejita, tus labios puestos sobre los míos, entonando una melodía cálida, hermosa, solemne, tus manos recorriendo mi espalda desnuda, esa espalda que ahora se niega a llevarme derecho por demasiado tiempo, tu cabello rizado, lleno de aromas y fiestas,... cuantos sentimientos que, hasta ese día, viendo la foto, quisieron dar de nuevo la cara y burlarse de mi nuevo y plisado rostro. Al fondo aún se ve aquel viejo rótulo que yo había hecho a mano y en letras enormes y negras: “MISERABLES” decía el orgulloso rótulo mostrando a todo aquel que lo viese, la invulnerabilidad de los sueños de aquel mi grupo de la adolescencia, que tomó su nombre gracias a los ataques de furia de el profesor de contabilidad y al maravilloso libro de Víctor Hugo. Que beso aquel, viejita, cuantos recuerdos, cuanto dolor.

No he podido acordarme del nombre de aquella amiga tuya, aquella del bachillerato que murió el año pasado de un cáncer que le comió poco a poco su estómago y su agradable sonrisa. Estuve pensando en ella después de ver en la televisión, en casa del vecino que me prestaba su escalera para cambiar una bombilla que se fundió sin avisarme siquiera; a uno de los hijos de esta tu amiga: el varón, que ahora es abogado, ayer me enteré que lo acusan de algo, mas no me enteré bien de qué, creo que por estafa a algún cliente o algo así, él llevaba la cara tapada y decía que nadie tenía pruebas de que él hubiese cometido aquel delito, aunque, según escuché las pruebas eran irrefutables y lo implicaban directamente a él y a otro socio suyo. ¿Será que las generaciones son cíclicas, viejita?, ¿será que si la generación anterior fue buena, la siguiente no lo será?, porque yo recuerdo que tu amiga era buena, buena como la brizna que a veces se cuela por mi techo, en los meses de noviembre, y no era capaz de hacerle daño a nadie, ni siquiera con la mirada. Como cambia la vida, viejita, como se va deteriorando la vida.

Lo del empleo,... nada aún, nadie cree que aún sirva para algo, y la verdad, después de tanto tiempo intentándolo, es que hasta yo mismo estoy empezando a creerlo también. Todo se me antoja muy irónico últimamente: lo que aprendí a lo largo de los años, con grandes esfuerzos y dedicación, ahora resulta obsoleto y todo el mundo solicita experiencia en nuevos campos, pero ¿cómo renovarme si no me lo permiten?, ¿cómo aprender si se me niega la oportunidad?, todo el mundo cree que alguien de nuestra edad es incapaz de aprender nada nuevo y nos miran de soslayo, intentando parecer condescendientes con estos viejitos que ya deberían estar en el asilo, o siendo cuidados por los nietos,... pero ¿que hay de los viejito que tuvimos la decencia de no traer a nadie a este mundo para que sufriera, para que estudiara durante veinticinco o treinta años, intentando prepararse para la vida y, al cabo de diez años estuviera tan viejo que nadie, absolutamente nadie crea que sirva para algo?, ¿qué hay de los humanos con sentido común, que no quisimos seguir a la corriente y traer a este mundo a seres que no tenían la culpa de todos los problemas que las generaciones anteriores habían creado?, ¿será que esos viejitos no merecemos más que la muerte?, ¿será que la obsolescencia también se aplica a las almas, viejita?

He querido entrar hasta de vendedor de panes con pollo, pero hay demasiada competencia y la mayoría de estas gentes trabaja con grandes empresas que manufacturan los panes con pollo. Debo admitir que al principio me molestó, pero luego me asombró y después hasta me provocó un ataque de risa: ahora hasta lo que antes se hacía comprando algunos panes y un pollo, se hace a nivel de gran empresa, es increíble, viejita, que hasta el hambre sea patrimonio de las grandes corporaciones, es como si todos estuviésemos condenado a admitir que, después de todo, la vida humana no es más que un cúmulo de personas que compramos lo que otros fabrican, ¿no te da esto ánimos para morir?

Hace poco fui al supermercado a pasear, ¿te suena familiar? Recuerdo las veces en que no teníamos dinero y nos metíamos a un supermercado a fantasear con lo que haríamos si compráramos todas las cosas que jamás necesitamos. “Vamos a comprar todos esos feos floreros de vidrio y a decorar las paredes con los trocitos de colores”, “vamos a vaciar diez botellas de vino tinto en el bebedero del perro del vecino para verlo y reírnos de su embriaguez”, “vamos a limpiar los pisos con el shampoo más caro que encontremos para que el aroma le de envidia a todo el vecindario”, “vamos a comprar todas las flores artificiales que encontremos, y vamos a sembrarlas en el jardín, las regaremos y vamos a esperar a que se llenen de hongos para darnos cuenta de que, por más que los humanos lo intentemos, siempre habrá algo en la naturaleza más poderoso que cualquier intento de sustitución nuestra”... ¿adónde fue nuestra contraria cordura, viejita, adónde?, resultaba tan fácil creer que el mundo en realidad podía girar en la dirección en que nosotros quisiéramos y afrontar a todos esos tontos que creían que el mundo debía estar lleno de religiosos, hombres de negocios y machos de carga; nuestras fantasías eran tan deliciosas para vivir la vida como nosotros queríamos, recuerdas como estábamos decididos decorar la casa que nunca tuvimos con todas las flores del mundo. Queríamos que el muro de enfrente tuviera aquella enredadera de hojas tupidas que se comía alegremente las casas poco a poco; el techo iba a ser de geranios para aromatizar toda el lugar, el patio iba a ser compartido: parte para tus anturios y parte para mis rosas de colores que nos llenarían de alegría, cada vez que llegáramos al patio para retozar en él. Como se hace cruel la vida con el paso de los años, viejita. Por cierto, ayer, terminó de marchitarse la única maceta, con la única rosa que logré cultivar y rescatar del incendio de mis sueños.

He encontrado algo que me ha hecho pensar que estoy más viejo de lo que yo creía, con algunos centavos que, si bien no me sobraban, los había destinado ya para esa tarea, me decidí a explorar un mundo que me resultó siempre evasivo, esquivo desde que tomó auge: las computadoras. Que horroroso invento, viejita, que desprestigio de las facultades humanas básicas, después de años y años de avances, terminar en esos monstruos de automatización, es una vergüenza. Te imaginas, después que el humano supo que podía emitir sonidos, luego aprendió a hablar, luego a escribir,... después que las ideas han podido expresarse (a veces no tan bien como nosotros quisiéramos) a través de palabras, las computadoras nos retroceden a la edad de piedra y nos muestran todo con pequeños e insultantes dibujitos que pretenden ahorrarnos el trabajo, incluso de pensar o leer. Es como si, después de lograr escribir y transmitir nuestras ideas en el papel, regresásemos a los gruñidos y sonidos guturales. El concepto de “progreso”, a mi parecer, ha cambiado mucho, ¿no te parece? Pero me desvío del tema, perdón, es que ya a mi edad el sentido de dejar moraleja le gana a mi sentido común. Lo que quería decirte, es que fui a un lugar que le llaman “cybercafé” y conocí una pseudomaravilla: el Internet. Es increíble, viejita, debo darle ese crédito, en menos de una hora logré ver la fotografía, en diez ángulos diferentes de Cortázar, escuché la sabia e irónica voz de Benedetti leyendo un poema de su propia creación, leí un fragmento de una obra de Cervantes junto a cientos de dibujos del Quijote y vi fragmentos de aquel delicioso libro de dibujos que tanto nos gustó, ¿cómo se llamaba?, ¡ah, sí!, Sandman. Que alegría, viejita, revivir aquella pasión de coleccionar ídolos y darme cuenta que están ahí, a la disposición de todo aquel que tenga el tiempo de admirarlos, eso me llenó de alegría. Además, luego, conocí eso del correo electrónico, lo cual hizo que la primera impresión del Internet se empezara desvanecer, como la efímera belleza de los atardeceres. Es como esto que estoy haciendo yo sobre el papel, sólo que eso lo haces en una pantalla y dando de golpecitos al teclado. Comencé a escribir una carta a alguien que no conocía, sólo para probar el placer de estar escribiendo, pero al ver cómo las letras aparecían en la pantalla y no en el papel, sin mi letra quebrada, sin mis detalles caligráficos, recordé algo que sucedió hace décadas, cuando me escribías casi a diario, cuando aún leía esas deliciosas palabras que ahora me taladran el alma cuando no las encuentro más, ni siquiera en las profundidades cavernosas de mi memoria, esas dos palabras que ahora, aunque entre comillas expresan toda mi verdad: “te extraño” me decías y en más de alguna carta, aún podía sentir tu delicioso perfume, y no pude evitar ser irónico con la señorita que me atendía: “oiga señorita”, le dije, “¿y el perfume de las cartas de amor, en qué parte del correo viene?”, ella se sonrió y capté que no había entendido la seriedad de mi ironía. Luego, y para acabar de confirmarme las fatalidades de este invento, me fui a un centro de conversación al que ya hasta el nombre tiene su, ¿cómo decirlo?,... verbo: la acción de estar y conversar en un centro de conversación o “chat”, se llama “chatear”, si seremos alienados, viejita, si seremos alienados. Para comenzar te pones un sobrenombre, lo cual te desvirtúa como el ente único que eres. Para esto y dado que tenía que hacerlo, no me resistí, me rebauticé como CRONOS, mi ídolo de siempre, el padre tiempo que nunca creyó que su hijo Zeus terminaría por traicionarlo. Al entrar a una pantalla nueva, encuentras otros tantos sobrenombres que tienen ya largas líneas de conversación y caritas estúpidas hechas con signos de puntuación, intentando mostrar sentimientos y estados de ánimo según me explicaron. Sin darme cuenta, una persona totalmente desconocida, que supongo que era una mujer, empezó a enviarme mensajes directamente a mí, diciéndome las medidas de su cuerpo, atributos corporales, capacidades sexuales y soporte vaginal, como si estuviésemos tan cerca que pudiésemos hacer el amor, ¿te parece lógico?, ¿será que estoy demasiado viejo y obsoleto?, ¿será que no me dijeron algún secreto de esos aparatos, y en realidad puedes hacer el amor y tener orgasmos, vía Internet?, pues de lo contrario me parece una de las extravagancias más insulsas de las cuales la humanidad ha sido capaz, ¿te imaginas una orgía del Marqués de Sade en la que no hubiese hombres y mujeres, sino sólo computadoras y líneas de texto intentado sustituir los suaves y esculturales cuerpos de las mujeres y hombres?. En fin, lo demás, es obvio para cualquiera que me conozca, salí del lugar corriendo, un tanto angustiado, debo admitir, vine a casa y empecé, en un intento de expiación y un ataque de melancolía, a escribir esta carta.

¿Adivinas la hora?, son casi la una de la madrugada y yo estoy tan insomne como siempre. En un inicio debo confesar que me aterrorizaba, pero con el tiempo he aprendido a aceptar mis condenas, al grado de llegar a sacarles provecho, como lo estoy haciendo ahora, escribir en la madrugada tiene en realidad tanto encanto que me hace desear hacerlo cada vez más: el silencio, la inspiración, los recuerdos, todo parece conjugarse y hacerme escribir casi como movido por los impulsos de mi alma y no por los de mi mano. Pero la verdad, me siento cansado, viejita. No, no voy a decir que de la vida, no soy tan sincero conmigo mismo todavía. Simplemente cansado de esta comedia extraña que me tocó representar hoy. Al venir y ver las paredes amarillentas de este apartamento sentí algo que me obligó a admitirme. Me sentí temeroso de estar solo, pero aún peor, me sentí triste de verme solo, lo que creí que jamás me iba a ocurrir,... me ocurrió. Que fea es la soledad cuando se mira desde la tristeza, viejita, que cruel y despiadada puede ser si no se tiene más que los rincones amarillentos del recuerdo para seguir intentando mentirse a si mismo y decir a diario que uno está vivo, pese a que no pueda uno sentirse de esa forma desde hace mucho tiempo. Estoy solo, viejita, exiliado de la presencia, expulsado de mis antiguas felicidades, no sé como retornar, que es lo peor, a sentirme a gusto con mi soledad. Las voces resuenan en cada rincón y aparecen como fantasmas en mi habitación y me reclaman por haber preferido la vida que decidí vivir, por haber preferido no ser padre, por haber decidido ir en contra de la corriente y declararme irreverente a la religión, por haber decidido que mi vida tenía que ser lo que yo quisiera y no lo que esos payasos vestidos con trajes caros y que dicen llamarse gobernantes querían que fuera, me reclaman por haber permitido que lo nuestro se acabara. ¿Qué es esto, viejita?, ¿cómo se le llama a esta locura? Es la primera vez que me ocurre y aún no sé como apartarme esta opresión del pequeño rincón que he dado en llamar alma. Sólo tu fantasma no se me aparece, sólo tu voz no me reclama... lo cual me apena y me entristece más que la angustia que me rodea. Como quisiera verte de nuevo, aunque fuese para oír tus reclamos. Ni siquiera los libros han logrado curarme este abandono de mi aplomo, lo cual en verdad me preocupa. ¿Cuándo, viejita, un libro no logró sacarme de mis ausencias?, ¿cuándo García Márquez, Joyce, Melitón o Dalton?, ni siquiera Dalton me ha logrado arrancar de este lugar nublado y oscuro, de esta habitación en la que me han encerrado los cancerberos del tiempo y la nostalgia.

Creo que reflexionando profundamente, esa, la que te comento en el párrafo anterior, es otra de las razones para querer seguir trabajando: sentir que no estoy solo, que aún alguien necesita de mí y de lo que hago. Que aún hay alguien que pueda decirme que puedo hacer mi trabajo, que necesita de mis conocimientos o mis habilidades para seguir adelante. Pero la necesidad parece que no es mutua, viejita, yo necesito,... pero, alguien más,... ¿me necesita?

He soñado, viejita, con volver a verte, con volver a sentir tus rizos acariciando mi rostro, que ahora, está plisado por culpa de mis décadas inexorables. Ni siquiera sueño con un beso tuyo, no por no desearlo, sino por que no puedo ser tan soñador como antes y querer lo que ya para mí está vedado, simplemente quiero el beso de tu presencia, de tu sonrisa, tan sólo el beso de tu voz a la distancia. Ya la pasión de aquellas noches que alguna vez tuvimos, se ha ido marchitando junto a mí necesidad de seguir viviendo, y he llegado a conformarme con lo que fue alguna vez y que no volverá a ser. Es muy peculiar, viejita, como los motivos para sentirse orgulloso van cambiando con el andar de los años, antes me enorgullecía de mi pasión, de mi fogosidad, pero, si me lo preguntaras ahora,... he aprendido a hacer una deliciosa limonada, como nadie más sabe hacerla.

Es difícil llegar a encontrarme con las dificultades de la edad, no con los achaques, esos los acepté antes de que llegaran para no sentir demasiado su arribo, me refiero a la forma en la que las demás personas te miran. Pareciera que, pese a que todo el mundo dice que somos la muestra clara de la sabiduría al paso del tiempo, fuésemos, en realidad, un florilegio de tormentos para los demás. Y es que yo sí acepté mis achaques, pero los demás, esos que creen que somos una raza extraña, ajena a la de ellos, ellos no parecen entender que las manecillas del reloj, el avance del maldito reloj no se detiene para nadie, ni siquiera para ellos, mucho menos para nosotros.

¿Alguna vez has tratado de definir tu vida de alguna forma diferente? Yo he llegado a pensar en la mía como una colección de postales que jamás recibí. Toda la trayectoria de mi existencia ha estado marcada por la partida de las personas, que alguna vez, estuvieron a mi lado, y de mi invariable anhelo, no de verlos pues no siempre era posible, sino de recibir postales de su vida, con lugares, conocidos o no, invadidos de letras de mis amigos, de mis parientes, de mis amores, de mis enemigos, de mis conocidas y de mis queridas. Cada una de esas postales no recibidas significó una lección en mi vida, cada una de esas fotografías con dedicatoria que jamás llegaron, me hicieron entender que la partidas siempre son para siempre, aunque las personas vuelvan.

No sé, viejita, cuanto tiempo podré seguir como hasta ahora, muriendo de recuerdos y no de verdad, y debo admitir que ya me impacienta dejar de aparentarle al espejo que sigo con vida, cuando la verdad es que la vida parece escaparse por las rendijas de la ventana, parece ser succionada por los ojos de la mujer a la que, por accidente empujé, o por el niño que me dijo “viejito feo” por el simple placer de verme rabiar, o por el hombre gordo que casi me bota por querer sentarse primero en el asiento del autobús. Y ahora, aquí en mi habitación, viendo una pila de cajas viejas con una pila de tonterías, me doy cuenta de como es de buena la soledad para destruir esos castillos de naipes sobre los que llegamos a construir nuestras vidas.

Creo que mis ojos enrojecidos empiezan a necesitar un poco de oscuridad, así que, mi querida viejita, no sé qué más decir, excepto que me gustaría recibir algunas líneas tuyas algún día, pues de verdad, de verdad te has convertido en una de las pocas razones para abrir los ojos y esperar un toque a mi puerta cada día. Pídele a ese tu Dios que me deje tranquilo, que ya es tiempo de que, si puede hacerlo, me permita irme, sin pena ni gloria, que ya es tiempo de que se digne a acortar mis miserias y que me lleve, o me mande, adonde mejor le parezca. No, no me taches de blasfemo o irreverente, sólo digamos que cada día me es más difícil conservar la calma y la paciencia de esperar lo que la vida quisiera mandarme.

Cuídate mucho, atentamente,...

Yo...


CONTINUARA...

6 comentarios:

David dijo...

No lei la primera parte, pero esta muy interesante el cuento. Ya me imagino el viejito en el internet metiendose a los chats, jeje.

Saludos, esperaremos la parte iii

Alberto dijo...

Saludos David y bienvenido. Gracias por pasear en un domingo por acá, la primera parte está algunos posts más abajo (jeje)

Alberto Enrique Chávez Guatemala

JC dijo...

Alberto, si no te incomoda, escribime a mi correo laterminal [arro ba] mac (punto) com

Beka dijo...

Llegué hasta donde el anciano deseaba estar con ella otra vez. Nopuedo más.

Demasiada tristeza para mí solita. Lo dejo para la proxima.


Te odio. Me hiciste llorar.

Alberto dijo...

Jajaja.

Lo siento Beka, en su tiempo, realmente fue una historia triste. Ahora... recuerdos y aprendizaje, nada más. Mis disculpas

Anónimo dijo...

Ola, what's up amigos? :)
Hope to get some help from you if I will have any quesitons.
Thanks and good luck everyone! ;)