miércoles, 22 de agosto de 2012

Arte, esnobismo, lo maravilloso de Batman y un domingo maravilloso

El salón parece haber sido arreglado con cierta premura, como quien limpia la casa para evitar que las visitas hablen mal, pero que sabe que la suciedad está en los lugares en donde casi nadie ve. Hay etiquetas amarillas en cada una de las sillas, que contrastan con la belleza de una silla de madera bien barnizada y lijada, con toques rojos acolchados para la espalda y el honorable lugar en donde la espalda pierde su nombre.

Lo confieso, me siento extraño, fuera de lugar, anacrónico... no, anacrónico no, más bien con una sensación que puede parecerse a una implosión, una extraña necesidad de deformarme hacia adentro, para evitar ver la deformación preciosista del exterior. A través de las ventanas se puede observar en maravilloso centro de San Salvador, atestado de vendedores que pretenden que su derecho a vender pesa más que el derecho de cualquier otro a transitar a salvo del tránsito por las aceras y atestado de personas que luchan contra la corriente, con caras de montarle riata al primero que se atraviese en su camino hacia... hacia cualquier lugar, menos ese en el que se encuentran transitando.

Los personajes invitados a compartir su arte y sus conocimientos están sentados frente a nosotros, intentando parecer menos parias que los que nos encontramos frente a ellos, sacando su mejor aire de autosuficiencia esnobista para que todos vean que han sido invitados por una razón real, específica, palpable y no simplemente porque pertenecen a esa élite de personas que dicen que hacen arte (de cualquier tipo) y que no permiten que alguien que no pertenezca a ese viciado y muy cerrado círculo se atreva a llamarle a lo que hace como Arte.

A mi alrededor hay niños con un morral a guisa de mochila y otros tantos de pelo largo y llenos de "expresión" de si mismo, expresión que grita "me urge como un carajo sentirme parte de un mundo elitista al que la gran mayoría no pertenece".

Empieza una niña que lee poemas de esos que pretenden ser profundos y que resultan prácticamente incomprensibles para todos los presentes. La gran mayoría de cabezas asienten con una enorme convicción, como afirmándole al mundo (y sobre todo a si mismos) que lo que la niña lee es verdaderamente profundo, cierto, contundente. Realmente, ella lee lo que le salió de la cabeza y del hígado, sin importar que no tenga sentido más que para ella... si es que lo tiene incluso para ella.

El segundo se dedica a leer tweets. Noooo, no ha leído usted mal, leyó tweets. 140 caracteres de poesía pura... o eso pretendía ser, cuando no una serie de chistes al estilo chiclín pero con el estilo y categoría que brinda un Blackberry o un iPhone con la aplicación para publicar en Twitter.

El tercero lee una serie de pensamientos propios, que no dejan de ser eso, pensamientos. Sin embargo, qué puede ser más sincero que un pensamiento expresado en unas cuantas palabras, al mejor estilo de James Joyce (ojo, antes que tenga usted deseos de retorcerme el buche, dije al mejor estilo con sarcasmo, que el don estaba leyendo lo que pensaba de la persona que se sube al bus a pedir dinero mientras canta coritos y no es precisamente la hazaña de Bloom ni mucho menos, sino una serie repetida de la palabra "jaula" que pretende ser la parte profunda de la disertación, pues implica todo aquello que esclaviza. Hubiese estado maravilloso si no lo hubiese hecho tan obvio, pero fue rescatable, digamos, desde el punto de vista de este ignorante irredento, claro está.

La cuarta me causó ternurita, si es que eso es posible en alguien como yo, y con una persona que no se mi esposa, claro está. Hecha la aclaración necesaria, lo cierto es que no recuerdo muy bien lo que leyó, sino más bien el miedo paralizando que le atenazó la garganta en más de una ocasión y que le hizo temblar las manos y la voz en todo momento. Tierna, desamparada, sola. Una belleza de ser humano.

Y finalmente, llegando tarde incluso a su propio funeral, llega ella, la que al final fue la que habló con el hígado más que con su espíritu de esnob y me hizo recordar con nostalgia los años en que nos dedicábamos a ser lo que somos, unos inadaptados sin remedio que viven en un mundo que no les gusta, con seres que no aguantamos, tal vez y sobre todo, porque no nos soportamos a nosotros mismos, ella que dijo lo que odia esta ciudad y me hizo repetir interiormente sus palabras pero magnificadas: Odio esta humanidad. Y precisamente por ello, me hizo recordar por qué ella es, sin duda una de las personas que más quiero.

Ella es Virginia y lo que leyó fue esto.

Dígame usted, como no querer a alguien así, siendo como soy, un misántropo antisocial que se siente bien solo al lado de dos personas: mi esposa y mi padre.

En fin, esto es, sobre todo, para expresar mi gratitud hacia ella por su simple existencia y por haberme regalado un maravilloso domingo entre filósofos, Batman, Machete, Planet Terror, postres que no empalagan y sueños de conquistar al mundo.

Ah, claro, y para expresar mi negativa a que existan las argollas, en cualquier ámbito posible :)

Solamente.