lunes, 21 de enero de 2008

Conversación en la catedral

Una vendedora anuncia con toda la potencia de su voz 13 plátanos por el dólar; un niño juega con un barquito de papel en un charco pestilente a la orilla de la calle; hay dos filas de autobuses esperando a que las personas se suban y hay un congestionamientos enorme ocasionado por dichos autobuses; un indigente pide limosna sobre la otra acera, sosteniendo un vaso de durapás en la mano mientras el sol le quema sin compasión mientras levanta el vaso.

Mientras espero el autobús, una voz comienza una plática sin yo buscarla:

- Estos buseros son un problema – me dice la voz del hombre que está junto a mí
- Sí – le contesto yo con un poco de desgano, mientras oteo el horizonte buscando el autobús
- ¿De trabajar? - me pregunta y yo comprendo que no tengo otro remedio más que continuar la conversación
- Sí, ya casi voy para mi casa, pero tengo que ir a pagar unas cosas, ¿ y usted?
- Yo a comprar unas cosas antes de ir a trabajar, es que soy seguridad en una fábrica.

Sin yo indagar más, el hombre comienza a dar una larga explicación, como si jamás la hubiese dado a nadie más, o como si siempre diese esa explicación a cualquiera, aunque no se le pidiese.

-Después de la guerra uno ya no sabe qué más hacer. Fíjese que a mí me llevaron al cuartel cuando estaba bien joven y me mandaron al monte bien temprano, así que me acostumbre a andar en el monte. Así que cuando la guerra terminó, yo no hallé que más hacer, así que me hice seguridad.
- ¿Y desde cuándo es seguridad? - le dije yo, ahora más interesado en la conversación
- Pues desde hace como 13 años, porque cuando salí del cuartel me fui a Analquito que es donde vive mi mamá, casi sólo a verla morir llegué, porque estaba bien enferma, así que me quedé viviendo con una mi hermana que era la dueña de la champita en la que vivía mi mamá, pero ya cuando uno sale del cuartel está acostumbrado a otras cosas y yo no aguanté estar con mi hermana mucho tiempo, así que me vine a San Salvador a estar con uno que había sido cabo para cuando yo andaba por allá, y que me había dicho que él me podía conseguir trabajo aquí en la capital.
- ¿Y le consiguió el trabajo? - le pregunté yo, ahora ávido de conversación.
- Pues fíjese que ese fue el problema – me dijo – cuando yo llegué a buscarlo me salió bien contento, que nada menos al día siguiente tenía un trabajo para mí, así que yo bien contento también porque ya tenía trabajo y no iba a estar esperanzado a mi hermana y el marido que tan mal me caía. Pero la cuestión fue al día siguiente cuando supuestamente iba a ir a trabajar. Llegaron otros cheros al lugar y empezaron a decir que a las 10 de la mañana, así que se fueron a un cuartito de la casa y empezaron a sacar armas. Cuando yo las ví me imaginé un trabajo de seguridad y le digo al cabo: “Mirá pero yo de seguridad no quiero vos, ya no”. Y que se pega la gran carcajada el cabo. “Vos sí que sos pendejo” me dijo “seguridad mis huevos, ¿no sabés lo que vamos a ir a hacer, me vas a decir?” Y yo, algo ahuevado le contesté que no. “A la gran puta con vos, a furgonear, hombre, alistate” Y como a saber que cara le hice, se me quedó viendo bien bravo. “Y le hacés huevos porque no quiero andar chinchineando a nadie” “No jodás” le dije yo, ya algo bravo, “cuando me dijiste trabajo, yo decía honrado cabrón, no andar jodiendo a nadie” “A pues comé mierda”, me dijo y salió con los otros “y cuidadito con decir algo cabrón, si no querés que te ajusticiemos” Y cuando salió me apuntó con el fusil y yo dije este cabrón me va a matar, pero sólo me hizo el mate y se fue. Yo salí con ellos con la cabeza baja, corriendo de ahí sintiendo que ya me gritaba que me iba a hacer la ley fuga, más que ese cabrón había sido de los malditos del Bracamonte.
- ¿Y usted ahí estuvo? - le pregunté yo.
- Sí, si después del entrenamiento pedimos que nos transfirieran para allá.
- ¿Por qué? - pregunté yo.
- Porque era el batallón que más apoyo tenía – me dijo – todos queríamos ir para allá, porque sabíamos que nos iban a tratar mejorcito que en el cuartel en donde nos habían metido.
- Mire – le dije yo un tanto temeroso de que la conversación terminara por mi comentario – pero dicen que en ese batallón sólo matarifes habían, ¿será cierto?
- Síiiiiiii - me dijo él como aceverando una verdad por demás obvia – si ahí sólo de esos habíamos.
- ¿Y lo del Mozote es cierto? - le dije yo como asumiendo ignorancia total.
- Es que como la orden era matar al que encontráramos – me dijo él – porque ya nos había pasado unas veces que encontrábamos a gente milpeando y en cuanto habíamos pasado nos rafagueaban, así que la consigna era esa, encontrábamos a alguien y nos lo despachábamos, eran ellos o nosotros.
- ¿Y su chero el cabo? - le pregunté por curiosidad.
- Pues me enteré de que se lo habían quebrado, sólo me llegó el chambre por medio de un cipote que andaba con ellos, que recién había entrado al cuartel cuando nos tocó salirnos. Y fíjese que ese fue el problema. Muchos de los muchachos de aquel encontes se dedicaban a andar robando y matando porque no les quedaba de otra... no sabían hacer otra cosa y los otros se dedicaron a eso porque les hacía falta la guerra. La verdad que uno queda acostumbrado a esa vida.
»Vaya, al fin viene la animala esta – me dijo y caminó un paso para hacerle señas a un microbús que se acercaba – es que a esta hora se tardan un mundo en venir, como casi no viene gente...

Y sin más, se subió al microbús, dejándome a mí a merced de fantasmas que creía olvidados, triste, sintiéndome solitario, traicionado, traidor y haciéndome confirmar que, en definitiva, la humanidad no merece la existencia.

9 comentarios:

Virginia dijo...

No hay peor conversación que la que uno no busca.

Princesita Soñadora dijo...

juela....lo ke veo ke el señor te cuenta todo con tanta naturalidad y sin remordimiento...

bueno, cada kien...

Alberto dijo...

@Virginia: En esto amiga mía, estamos completamente de acuerdo

@Princesita Soñadora: La verdad es que cada quien tiene su concepto particular de "lo correcto" y este señor era una muestra clara de ello. Graciosamente, si le preguntás a alguien que ha hecho algo como lo que ha hecho el señor y lo ve con tanta naturalidad como él, te das cuenta de que lo que a él le produce orgullo son otras cosas, como el hecho de jamás haber robado, pese a que tiene a sus espaldas sabrá Dios cuanta gente.

La humanidad es graciosa, ¿no te parece?

Carlos Trio dijo...

"la humanidad no merece la existencia"...

Definitivamente, apestamos como raza

Alberto dijo...

@Carlos Trio: Compadre, no hay nada en lo que yo pueda estar más de acuerdo

Raul dijo...

Pues de todo se aprende, hasta de la conversación menos esperada... Aunque las cosas no esperadas no existen, o si? Igual solo pasaba a dejar un saludo

Alberto dijo...

@Raúl: Lo inesperado no existe?, según quién?

Eso es totalmente nuevo.

Saludos

Eli dijo...

"la humanidad no merece la existencia"...

en realidad lo crees??

Eli

Alberto dijo...

@Eli: No asevero nada que no crea, al menos, no en estos casos.

Saludos